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son los fines y la subordinación a ellos de los procesos organizativos.  El choque entre ambas culturas es inevitable.  Cuando se encomienda a  organizaciones de tradición burocrática y vertical poner en marcha proyectos participativos, las resistencias serán innúmeras, y se expresarán por múltiples vías.   Pondrán obstáculos infinitos, asfixiarán a fuerza de rutinas los intentos, cerrarán las puertas a las iniciativas, desmotivarán continuamente a los actores comunitarios.  Estarán en definitiva esperando inconscientemente el fracaso de la experiencia participatoria para convalidar desde él su propio modelo burocrático formal.

D.

La subestimación de los pobres

En diversas oportunidades sectores directivos y profesionales de las organizaciones que deben llevar a cabo proyectos por vías participatorias, tienen una concepción desvalorizante de las capacidades de las comunidades pobres.  Creen que serán incapaces de integrarse a los procesos de diseño, gestión, control, y evaluación.  Que no pueden aportar mayormente por su debilidad educativa y cultural.   Que necesitaran períodos muy largos para salir de su pobreza.  Que sus liderazgos son primitivos, que sus tradiciones son atrasadas, que su saber acumulado es una carga.

Cuando se parte de una concepción de este orden se está poniendo en marcha la conocida ley sociológica de "la profecía que se autorealiza".  Se desconfiará de las comunidades en todas las etapas del proceso, se les limitarán las opciones reales para participar, se tendrá un sesgo pronunciado a sustituir su participación por órdenes de "arriba hacia abajo" para hacer “funcionar” las cosas.   Asimismo la subvaloración será captada rápidamente por la comunidad, y ello creará una distancia infranqueable entre ella y los encargados de promover su participación.  Todas estas condiciones crearán una situación en donde la participación estará condenada a fracasar.  Después con frecuencia aparece en las "elites ilustradas" que condujeron la experiencia la coartada racionalizadora.  Argumentarán que las comunidades no tenían interés en participar, y por eso la experiencia no operó.  En realidad ellos crearon fuertes incentivos para que perdieran el interés.

La idea de "capital social" de creciente difusión rompe categóricamente con estos mitos sobre las comunidades pobres. Una comunidad puede carecer de recursos económicos, pero siempre tiene capital social. Las comunidades pobres tienen normalmente todos los elementos constituyentes del capital social: valores compartidos, cultura, tradiciones, sabiduría acumulada, redes de solidaridad, expectativas de comportamiento recíproco.  Cuando logran movilizar ese capital social los resultados pueden ser tan importantes como los observados en este trabajo en Villa El Salvador del Perú, o las Ferias de Consumo Familiar  de Venezuela.  Por otra parte como anotara Albert Hirschman (1984) a diferencia de otras formas de capital, el capital social es el único que aumenta con su uso.

E.La tendencia a la manipulación de la comunidad

Un poderoso obstáculo al avance de la participación se halla en los intentos reiterados en la realidad latinoamericana de "coparla" para fines de determinados grupos.  El clientelismo es unas de las formas favoritas que adopta la manipulación.   Allí el discurso ofrece promesas muy

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