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Segundo, en la progresiva socialización del proceso de producción, que crea los gérmenes del futuro orden social.

Tercero, en la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, que constituye el factor activo de la futura revolución.

Los sindicatos capacitan al proletariado para utilizar en cualquier momento la coyuntura del mercado. Pero estas coyunturas: primero, la demanda de trabajo determinada por las condiciones de producción; segundo, la oferta de trabajo creada por la proletarización de las capas medias de la sociedad y la reproducción natural de la clase trabajadora; tercero, el grado de productividad del trabajo en un momento dado en un momento dado permanecen fuera de la esfera de influencia de los sindicatos.

Los sindicatos no pueden suprimir la ley de los salarios. Bajo las circunstancias más favorables, lo mejor que pueden hacer es imponer sobre la explotación capitalista los límites 1 "normales" del momento. Sin embargo, no tienen el poder de suprimir la explotación misma, ni siquiera gradualmente.

("¿Reforma o Revolución"?).

SEMBLANZA DE ROSA LUXEMBURGO

por Clara Zetkin

E

n Rosa Luxemburgo vivía tina indomable voluntad. Dueña siempre de sí, sabía atizar en el interior de su espíritu la llama dispuesta a brotar cuando hiciese falta, y no perdía jamás su aspecto sereno e imparcial. Acostumbrada a dominarse a sí misma, podía disciplinar y dirigir el espíritu de los demás. Su sensibilidad exquisita la movía a buscar asideros para no dejarse arrastrar por las impresiones externas; pero bajo aquella apariencia de temperamento reservado, se escondía un alma delicada, profunda, apasionada, que no sólo abrazaba como suyo a todo lo humanos, sino que se extendía también a todo ser viviente, pues para ella el universo formaba un todo armónico y orgánico. ¡Cuántas veces aquella a quien llamaban "Rosa la sanguinaria", toda fatigada y abrumada de trabajo, se detenía y volvía atrás para salvar la vida de un insecto extraviado entre la hierba! Su corazón estaba abierto a todos los dolores humanos. No carecía nunca de tiempo ni de paciencia para escuchar a cuantos acudían a ella buscando ayuda y consejo. Para sí, no necesitaba nunca nada y se privaba con gusto de lo más necesario para dárselo a otros.

Severa consigo misma, era toda indulgencia para con sus amigos, cuyas preocupaciones y penas la entristecían más que sus propios pesares, Su fidelidad y su abnegación estaban por encima de toda prueba. Y aquella a quién se tenía por una fanática y una sectaria, rebozaba cordialidad, ingenio y buen humor cuando se encontraba rodeada de sus amigos. Su conversación era el encanto de todos. La disciplina que se había impuesto y su natural pundonor le habían enseñado a sufrir apretando los dientes. En su presencia parecía desvanecerse todo lo que era vulgar y brutal. Aquel cuerpo pequeño, frágil y delicado

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