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a burguesía mundial tuvo en Rosa Luxemburgo a una de sus más encarnizadas adversarias, esto aunque la lucha revolucionaria alemana no había logrado estructurar un partido que expresase fielmente esta lucha y significase la real vanguardia del proletariado.

La prensa y los intelectuales al servicio de la burguesía la llamaban "Rosa la sanguinaria", queriendo expresar con este adjetivo su odio y su menosprecio. En las caricaturas se la presentaba como una mujer exaltada, presa de una locura furiosa, sin más sentimientos que la violencia sangrienta.

La verdadera personalidad de esta brillante teórica y magnífica revolucionaria -dicen los comentaristas de su vida agitada-­ era una sensibilidad profundamente humana y delicada, los sentimientos generosos y una infinita ternura.

Amaba, apasionadamente a las flores, a las aves y a toda la belleza que tiene la naturaleza. Escribió: "El mundo es hermoso, solamente nosotros somos desgarbados" ("Cartas de la prisión". El alma infantil la conmovía dulcemente. La rama de hierba asomada a la ventana de su prisión la regocijaba como a una niña. Amaba toda expresión de belleza: la música, la poesía, un paisaje, etc.

Sus cartas desde la cárcel revelan su exquisita personalidad femenina y la nobleza sin límite de sus sentimientos, unidos a una entereza excepcional. La lealtad para sus principios políticos y para sus afectos de amistad eran inconmovible. Esta conjunción maravillosa hacía de R. Luxemburgo una luchadora múltiple que encarnaba fielmente los anhelos de liberación de los explotados.

Se tiene que subrayar y mostrar como un ejemplo, su coraje indomable y su profunda fe en la revolución, que le permitieron mantenerse con firmeza en las primeras trincheras de lucha. También esta revolucionaria mostró una cierta dosis de fatalismo, lo que le ayudó a dominar los reveses del destino y, por eso, jamás se sintió abatida.

En la prisión, en una celda oscura y estrecha, enferma y con los nervios exasperados, supo conservar su notable optimismo y nunca desfallecer. Las condiciones subhumanas en las que tuvo que vivir en la cárcel jamás mellaron su convicción revolucionaria. Al contrario, desde allí continuó luchando y dando ejemplo de valor y de firmeza.

Frecuentemente repitió, a sus amigos: "En la vida social, como en la vida privada, es necesario aceptar todo con la misma tranquilidad, con el espíritu elevado, con una dulce sonrisa". Su espíritu heroico y su fuerza de voluntad nunca decayeron; el abatimiento y el cansancio nunca quebraron su fortaleza. Fue la amiga incomparable que mitigaba los sufrimientos de los demás, dándoles en todo momento el tesoro de su nobleza y de su generosidad.

LA LUCHA CONTRA LA GUERRA

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