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Sara- Nada, Persio, hablando del famoso profeta y la ramerita y los melenudos que le acompañan. La fama les vendrá por los piojos que traen encima, ¡ja!

Persio- ¡Si fueran sólo piojos! Pero, ¿qué me dicen del publicano ése con cara de borracho? Créanme, estoy francamente decepcionado.

Manasés- ¡Eh, amigos! ¡La mesa está servida!

Persio- Bueno, pero la costumbre...

Manasés- En fin... pueden lavarse allí las manos.

Como teníamos mucha hambre, no oímos a Manasés, el dueño de la casa, cuando nos invitó a lavarnos las manos, según el rito de purificación de los fariseos. Ellos sí se las lavaron y sólo después se sentaron a comer. Al cabo de un rato, el vino y la buena comida nos soltó la lengua a todos y nos hizo olvidar el frío reci­bimiento de la primera hora. Pedro, muy animado, chupaba una tras otra las costillas del cordero. Felipe, junto a él, rebuscaba en la fuente los trozos de carne que aún quedaban.(4)

Felipe- ... y yo le cambié la mecha por el candil. Y entonces el tipo me dijo: Candil sin mecha, ¿de qué aprovecha? ¡Jo, jo, jo! ¿Qué les parece?

Natanael- ¡Eh, tú, María, pásame la salsa, que está muy buena!

Pedro- ¡Lo que está bueno es este cordero, carambola! Mi sue­gra Rufa dice que el que come la carne, ¡que roa los huesos!

Melita- Bueno, bueno, todo en la mesa no va a ser hablar del cordero, ¿no creen ustedes? Ya que tenemos al profeta aquí con nosotros, a mí me gustaría oírle algo acerca de... bueno, pasan tantas cosas en esta ciudad que... Esto es Babilonia, Jesús, Babilo­nia. Sin ir más lejos, tiene usted el caso de la familia de los Tolomeos. ¿Qué le parece a usted lo que le han hecho a la hija de Benisabé?

Jesús- No sé, no conozco a esa familia, doña Melita.

Melita- Ay, pues si usted la conociera... Pobre muchacha... Bue­no, pobre no, una perdida, ésa es la verdad. De flor en flor, como la abeja. Esto que quede entre ustedes y nosotros, porque a mí no me gusta meterme en la vida ajena... pero me han dicho de buena tinta que está embarazada, y nada menos que de Eulogio, ¡su primo hermano! ¡El padre, como supondrán, está des­trozado!

Sara- ¿Destrozado? ¿Ése destrozado? ¡Pues vaya ficha que es ése también! ¡Claro, de casta le viene al galgo el tener el rabo largo!

Melita- Bueno, Jesús, ya usted sabe, eso es lo que dicen, pero...

Sara- Pero no dicen ni la mitad. Si una dijera todo lo que ha visto... Y no es que a mí me guste hablar de nadie, pero hay cosas que ya pasan de la raya...

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