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Jesús se dobló y pegó la cara contra la tierra y arañó las piedras con las manos, con las uñas, desesperadamente.(3) A esa misma hora, Judas, el de Kariot, seguido de una tropa de guardias, atra­vesó el Cedrón. Los soldados se internaron en la oscuridad y fue­ron tomando posiciones en la ladera del Monte de los Olivos.

Mateo 26,36-44; Marcos 14,32-40; Lucas 22,39-46.

1. El torrente Cedrón, formado por los cauces de diversos arroyos, es una hondonada o valle es­trecho que rodea Jerusalén por la parte oriental. Ordinariamente estaba seco y sólo en invierno llevaba agua. Las tierras cercanas al Cedrón eran particularmente fecundas pues por el torrente corría la sangre de las víctimas que se sacrificaban en el Templo, que servía de abono a la tierra. El canal de desagüe de esta sangre comenzaba junto al altar y por debajo de la tierra llegaba hasta el Cedrón.

2. Getsemaní era un huerto de los muchos que se extendían por las fértiles laderas del Monte de los Olivos, separado de Jerusalén por el Cedrón. Getsemaní significa en arameo «prensa de aceite». Seguramente habría por esta zona prensas para las aceitunas que producían los olivos sembrados por todo el Monte. En la actuali­dad, una iglesia construida al pie del Monte de los Olivos recuerda el lugar de la oración de Jesús en la noche en la que fue sentenciado a muerte. En el centro del templo se conserva la llamada «roca de la agonía», donde la tradición venera el lugar en que Jesús rezó aquella noche. En el jardín de la iglesia aún hay varios olivos milenarios, que podrían ser hijos de los que estaban sembrados en el Monte en tiempos de Jesús. De las semillas de los frutos que aún dan estos viejísimos árboles se hacen recuerdos piadosos para los visitantes. Rosarios, principalmente.

3. En la oración de Getsemaní no se enfrentaron la voluntad de Jesús, que quería vivir, con la de Dios, que quería matarlo. Si hubiera sido así, el Dios de quien habló Jesús sería un verdugo, sólo aplacable con la sangre de su hijo y además cómplice de quienes controlaban el poder en Israel. Dios no mató a Jesús, tampoco lo envió a la muerte. Dios no quiso esa muerte. Admitir la imagen de un dios así liberaría de culpa a los verdaderos asesinos. Pablo escribió sobre las lágrimas con las que Jesús suplicó ser salvado de la muerte (Hebreos 5, 5-10). En su oración, Jesús recogió las palabras angustiosas del profeta Jeremías (Jeremías 15, 15-18 y 20, 7-9) y el clamor de Moisés, que habló con Dios cara a cara y le reclamó a gritos la liberación para Israel (Éxodo 32, 32; Números 11, 11-15).

113- COMO SI FUERA UN LADRÓN

Era la madrugada del viernes 14 de Nisán. Jerusalén dormía, oliendo a sangre de cordero, borracha de vino y de fiesta. Nosotros también dormíamos, desparramados entre los olivos de Getsemaní, soñando con viajar lo antes posible a Galilea y escondernos allá, en nuestra provincia. Sólo Jesús se mantenía des­pierto. Con la cabeza baja, hundida entre sus manos callosas, veía pasar las horas y rezaba.

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