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Juan- ¡Eh, compañeros, aquí estamos!

Santiago- ¡Pshh! No griten… ¿Qué hay? ¿Han visto a Judas?

Pedro- Claro que lo vimos. El iscariote está loco, que si un plan del movimiento, que si iban a levantar a toda la ciudad y, ya ves, ni los gallos se levantan esta noche. Lo usaron como a un imbécil.

Magdalena- ¿Imbécil? ¡Soplón! ¡A mí que no se me ponga delante porque le arranco la lengua!

Santiago- ¡Pshh! No hagas tanta bulla, magdalena. No po­demos llamar la atención. Todo está muy vigilado.

Unos altos y gruesos muros rodeaban el palacio de Caifás. Era un edificio lujoso de varias cúpulas y un amplio patio interior sembrado de palmeras. Por fuera, a lo largo del muro, muchos soldados, con lanzas y garrotes, montaban guardia. Mientras los magistrados del Sanedrín, avisados de urgencia, iban llegando a la sala del tribunal, habían llevado a Jesús al vecino palacio de Anás, suegro del sumo sacerdote.

Anás- ¡Así que este campesino, con olor a pocilga, es el famoso Jesús de Nazaret! ¡Con el tufo que tiene, era imposible que escapara de nuestros sabuesos!

El viejo y poderoso Anás estaba de pie, con una media sonrisa llena de seguridad.(2) Lo rodeaba un grupo de sacerdotes de las al­tas jerarquías de Jerusalén. Algunos se taparon burlonamente la nariz cuando los soldados empujaron a Jesús hasta el centro de aquel lujoso salón.

Anás- Buen trabajo, muchachos. Y ahora, váyanse y esperen fuera. Déjenlo aquí. Tenemos que preguntarle algunas cosas al nazareno antes del juicio.

Los soldados de la escolta salieron al patio. Jesús, con las ma­nos atadas a la espalda, miraba fijamente a aquel viejo sacerdote que vestía como un príncipe con túnica de paño negro y doble anillo de oro.

Anás- Bueno, bueno, lo primero que quiero que nos cuentes es lo del domingo pasado en el Templo. A ver, explícanos. ¿Qué fue lo que hiciste en la explanada? ¿Qué dijiste de nosotros, los jefes de Israel?

Jesús- Nada que tú no sepas ya. Yo no hablé a escondidas ni en secreto. Ve y pregúntale a los que estaban allá ese día.

Aziel- ¡Perro sarnoso! Pero, ¿cómo te atreves a contestarle así a su excelencia? ¡Toma!

Uno de los sirvientes de Anás le dio a Jesús una bofetada. Sin volver la otra mejilla, Jesús le respondió…

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