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Jesús- Que yo sepa, no he dicho nada malo. Y si no he dicho nada malo, ¿con qué derecho me pegas?

Aziel- ¡Maldito insolente! ¿Qué quieres, otra más?

Anás- Déjalo, Aziel, déjalo. Resulta divertido oír a este campesino respondón.

Anás comenzó a pasearse de un lado a otro mesándose la barba. Una de las lámparas que iluminaba el salón alargaba su sombra sobre el suelo de mármoles relucientes.

Anás- ¿Sabes? Con tu alboroto en el Templo, perdí algunas vacas y muchas, muchas ovejas. Pobres animalitos, da dónde habrán ido a parar? Pero la jugada te ha salido cara. Ahora tú vas a perder más que yo. Dicen que el que ríe último, ríe mejor.

Jesús- Y tiene razón el que lo dice.

Anás- ¿Ah, sí? ¡Qué pronto te das por vencido, nazareno! Me sorprendes.

Jesús- A mí lo que me sorprende es que tú hayas sido sumo sacerdote durante diez años y no sepas que el último en reírse es siempre Dios. Las escrituras lo dicen.

Anás- ¡Hablas de escrituras y no sabrás escribir ni cuatro letras! ¡Ah, estos embaucadores del pueblo! Por suerte, to­davía hay jueces en Israel. Sí, amiguito, te vamos a juzgar. ¿Qué? ¿No tienes miedo…? Tú que te las das de profeta, ¿te sospechas cuál será la sentencia?

Jesús- La sentencia ya está dada.

Anás- ¿No me digas? ¿Y cuál te imaginas que será? ¿Culpable o inocente?

Jesús- Culpable.

Anás- ¿Tan mal te quieres, profeta?

Jesús- Tan bien te conozco, Anás. A ti y a los tuyos. Pero no importa: ser culpable delante de ti es ser inocente en el juicio de Dios.

Anás- ¿Y qué sabes tú del juicio de Dios, charlatán?

Jesús- Lo que tú nunca has querido saber: que Dios siente náuseas ante los sacerdotes como tú que comercian con la reli­gión y se llenan los bolsillos aprovechándose de la buena fe del pueblo.

Aziel- Pero, ¿cómo te atreves? ¡Excelencia, córtele la lengua a este impertinente!

Anás- Déjalo, Aziel. Son los pataleos del que se sabe acorralado. Bah, las palabras son como las plumas: el viento se las lleva.

Jesús- Te equivocas, Anás. Es el viento de Dios el que va a soplar pronto y arrasará contigo y con tu casa y con todos us­tedes que se llaman servidores del Dios del cielo y a quien sir­ven es a

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