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los reyes y a los señores de este mundo. Ustedes, pastores que se apacientan a sí mismos, que guardan silencio cuando los lobos entran y hacen presa en el rebaño y despedazan y ma­tan. Y luego, van a sus guaridas a comer y a beber con los ase­sinos de las ovejas. ¡Y hasta se abrazan con ellos y salen delante de todos, a plena luz, sin ningún pudor! ¡Pastores mercenarios, se han cebado a costa de las ovejas, sí, pero no han hecho más que engordar para el día de la matanza!

Anás- ¡Basta ya, maldito! ¡Cállate ya! ¡Con razón dicen que tienes siete demonios dentro!

Anás se acercó a Jesús con un gesto iracundo y le escupió en la cara.

Anás- ¡Que te trague el infierno, hijo de ramera!

Detrás de él, sus colaboradores, ya sin ningún freno, se abalanzaron sobre Jesús y comenzaron a golpearlo y a insultarlo.(3) Mientras tanto, en la calle, las mujeres y nosotros estábamos ya impacientes, sin saber lo que estaba ocurriendo dentro del palacio.

Pedro- Pero, ¿es que vamos a quedarnos aquí de mirones, con los brazos cruzados? ¡Tenemos que hacer algo, caramba!

Magdalena- Eso es lo que yo estoy diciendo hace rato, Pedro. Pero aquí hay más miedo que vergüenza.

María- ¿Y qué podemos hacer, magdalena?

Pedro- Oye, Juan, ¿no estará por ahí dentro ese criado amigo tuyo? Pues vamos a engancharnos con él y nos colamos en el patio.

Santiago- ¿Para qué, Pedro?

Pedro- ¿Cómo que para qué? ¡Para averiguar lo que está pasando! ¡Y si hay que armar un escándalo, se arma! ¡Esto no se puede quedar así! ¡Si al moreno no lo sueltan por las buenas, lo tendrán que soltar por las malas!

Magdalena- Así se habla, tirapiedras. Yo estoy contigo.

Pedro- Vamos, Juan.

Juan- Está bien, Pedro, vamos. Pero ten cuidado con lo que dices. Ahí dentro todo son orejas y...

Pedro- Pues mejor. Que me oigan. Eso es lo que quiero: ¡que me oigan! ¡Vamos!

Juan- Psst... Oye, amigo, éste y yo conocemos a un tal Bruno. Trabaja aquí de criado. Nos está esperando, ¿sabes?, y...

Soldado- Pues que espere sentado. Hay orden de que no pase nadie. ¿O te crees que soy tonto y no sé que tú eres de los que andaban con ese galileo? ¡Y tú también!

Pedro- Bah, no te pongas así, compañero. No es para tanto. Alegra esa cara, hombre. Mira, con este denario te tomas una garrafa de vino a nuestra salud, ¿eh?

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