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Soldado- ¡Lárgate de aquí y que nunca más te vea las narices, basura de hombre!

Yo logré escabullirme y salir por otra puerta. Corrí, doblé la esquina y me encontré a Pedro tirado sobre las piedras de la calle, boca abajo, tapándose la cara con las manos. Cuando la magdalena y los demás fueron a preguntarle qué había pasado, Pedro lloraba amargamente.(4) Todavía era oscuro, pero los primeros ga­llos anunciaban ya el amanecer.

Mateo 26,69-75; Marcos14,66-72; Lucas 22,54-65; Juan 18, 12-27.

1. El palacio del ex-sumo sacerdote Anás y de quien lo era el año de la muerte de Jesús, José Caifás, estaban muy cercanos, en el barrio alto de la ciudad. Eran edificios lujosísimos, exterior e interiormente. En ellos servía una multitud de esclavos, criados y funcionarios. En el palacio de Caifás había salones suficientemente amplios como para celebrar allí sesiones extraordinarias del Sanedrín, sin tener que trasladarse a las dependencias del Templo de Jerusalén.

2. Anás había sido sumo sacerdote durante nueve años (del 6 al 15 antes de Jesús). Le nombró para este cargo Quirino, gobernador romano de la provincia de Siria. Anás llegó a tener tanta influencia que después de él fueron sumos sacerdotes cinco de sus hijos y, tras ellos, su yerno José Caifás. Su ambición de po­der, su codicia y sus fabulosas riquezas eran conocidas por todos. El negocio de la venta de animales para los sacrificios del Templo de Jerusalén dependía prácticamente de él y su familia. Como jefe de un po­deroso linaje sacerdotal, era la personalidad judía de mayor poder en tiempos de Jesús y aunque hubiera cesado en su cargo, con­servaba, según las costumbres de Israel, su rango y todos los privilegios correspondientes. Como el juicio de Jesús no fue en la realidad un proceso legal, la decisión de Anás era la de mayor peso en la farsa jurídica con la que se le condenó a muerte.

3. Jesús no fue «humilde» ante el tribunal del ex-sumo sacerdote Anás. Rechazó el ser interrogado como reo y no presentó «la otra mejilla» al criado que lo golpeó, sino que le reclamó por ese golpe. Jesús habló a Anás con las palabras del profeta Ezequiel, que había denunciado unos 600 años antes a los malos pastores de Israel. (Ezequiel 34, 1-10).

4. El relato de las tres negaciones de Pedro es, ante todo una narración arquetípica. Es característico de las narraciones arameas dar a la historia tres momentos para hacer ver que se trata de un acontecimiento terminado, completo, definitivo, que ha llegado al final. El incluir en este relato el canto del gallo tiene también un sentido simbólico. Los orientales consideraban que el gallo era una representación del poder de las tinieblas porque actuaba siempre en la oscuridad y cantaba cuando aún no había luz. Cuando Pedro se acobardó y negó a Jesús, el canto del gallo simbolizaba el drama que se estaba desarrollan­do en Jerusalén: el triunfo del mal, de las

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