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Nicodemo- ¿Qué te parece, José? ¿Podemos hacer algo?

Arimatea- ¿Y qué vamos a hacer, Nicodemo? Ellos son mayoría.

Del techo colgaban tres grandes lámparas, en forma de anillo, que iluminaban el salón. Al fin, dos criados abrieron las puer­tas del fondo y entró José Caifás, hijo de Beto, sumo sacerdote de aquel año. Compareció a la reunión con los ornamentos sa­grados que el gobernador romano guardaba en la Torre Antonia y sólo le entregaba durante las fiestas: la túnica de hilo puro, sin costura, el pectoral con las doce piedras preciosas y, en la cabe­za, la blanca tiara con la placa de oro donde estaba escrito: «Con­sagrado a Yavé». Al entrar, los sanedritas se pusieron en pie y le saludaron con una profunda reverencia. Caifás, con las ma­nos levantadas, los bendijo, atravesó el Tribunal y se sentó en el sillón de la presidencia.

Caifás- Somos más de veinticuatro. El juicio puede comenzar.(3)

El escriba designado abrió la causa.

Escriba- Ilustre Tribunal, Excelencias, nos hemos reunido para enjuiciar la doctrina y la actividad de un israelita por nombre Jesús, hijo de un tal José y de una tal María, oriundo de Nazaret, provincia de Galilea. Sin profesión conocida y sin estudios. Este individuo acaba de ser arrestado por el comandante de la guardia del Templo, con orden de prisión debidamente autorizada por los miembros del Consejo Permanente del Sanedrín. La gra­vedad de las acusaciones que pesan sobre el detenido nos obli­gan a reunirnos en sesión extraordinaria, a petición de nuestro sumo sacerdote su excelencia José Caifás. ¡Que pase el acusado!

Dos guardias lo hicieron entrar. Con las manos atadas a la es­palda y todo el pelo revuelto, Jesús avanzó hasta el centro de la sala. Tenía la cara hinchada por los golpes recibidos en casa de Anás y la barba llena de salivazos.

Escriba- Este es el acusado. El acusador tiene la palabra.

Un doctor de la Ley gordo y con los ojos abultados, se levantó del banco y se acercó a Jesús.

Acusador- Señores jueces de este Tribunal Supremo: este hom­bre que ustedes tienen delante es uno de los individuos más pe­ligrosos con quien hemos tenido que enfrentarnos desde hace mu­chos años. Este hombre se ha burlado repetidas veces de las ins­tituciones más sagradas que son los pilares de nuestra nación: la Ley de Moisés y las tradiciones de nuestros antepasados. No sólo se ha rebelado contra el poder civil, sino también contra las autoridades religiosas, agitando al pueblo sencillo para que siga su perverso ejemplo. Y para que pueda confirmarse lo dicho, le pido a su Ilustrísima la entrada de los que han venido, libre y voluntariamente, a dar testimonio en contra suya.

Escriba- ¡Que pase el primer testigo!

Entró un muchacho alto, con la cara picada de viruelas.

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