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Viejo- Ese tipo es peligroso ¡Si lo conoceré yo! Tiene ve­neno en el buche como la serpiente. Atiza a los pobres contra los ricos, habla de liberación, que si la tierra es para todos, que si el año de gracia, que suelten a los presos, que mejor salario y nadie esclavo de nadie, que rompan los títulos de propiedad y no paguen los impuestos, que abajo los patrones y arriba los peones, cambiarlo todo, ¿comprenden? Darle la vuelta a la tor­tilla, eso es lo que é1 quiere.

Fariseo- No cumple el ayuno ni respeta el sábado. Nunca se le vio pagando el diezmo a los sacerdotes. Poco o nunca se le vio rezando en el Templo. Ataca al clero siendo él un laico. Habla de las escrituras santas sin haberlas estudiado y sin que nosotros le hayamos dado permiso para enseñar. ¿Qué más decirles? Se sienta a la mesa con publicanos y se trata con rameras.

Sacerdote- ¡Y eso no es lo peor, ilustrísimos! ¡Este embau­cador que ustedes tienen ante sus ojos, se dejó llamar Mesías por el po­pulacho. Óiganlo bien: «Mesías de Israel» y también «Hijo de David».

Acusador- ¿Eso dijo el detenido?

Sacerdote- ¡Sí que lo dijo! Y si ustedes dudan de mi testimo­nio, pregúntenselo a él directamente.

Caifás- ¡Podríamos haber comenzado por ahí y ahorrarnos tan­ta palabrería inútil!

El sumo sacerdote se levantó bruscamente. Después, alzó las manos pidiendo silencio.

Caifás- Ilustres del Tribunal, ya hemos recogido suficientes da­tos sobre las malas ideas y las peores actuaciones de este rebelde. Por otra parte, no podemos demorarnos más dada la urgencia del caso. Permítanme completar personalmente el interrogatorio...

Caifás clavó sus ojos de lechuza sobre Jesús, que permanecía en el centro de la sala, de pie.

Caifás- Tú, el nazareno, ya has oído todo lo que dicen contra ti. ¿Qué te parecen todas estas acusaciones? ¿Te reconoces culpable? ¿O todavía te cabe la pretensión de la inocencia? ¿Qué te pasa ahora?

Pero Jesús seguía callado, sin levantar los ojos del suelo.

Caifás- ¡Te estoy hablando yo, el sumo sacerdote de Israel, la voz de Dios en la tierra! ¡Responde! ¿Quién te crees que eres? ¿El Mesías?

Jesús alzó lentamente la cabeza. A pesar de los pelos revueltos, de la cara llena de moretones y los labios desfigurados por los puñetazos, logró sonreír con ironía.

Jesús- ¿Para qué me lo preguntas? Si te digo que sí, no me vas a creer. Y si te digo que no, no me vas a soltar. ¿Entonces?

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