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A Caifás le temblaban de indignación las gruesas mejillas. Con la mano derecha se tocó la diadema que llevaba sobre la frente donde estaba escrito, en letras de oro, el sagrado nombre de Dios que solamente él, el sumo sacerdote, podía mencionar. Iba a hablar con la autoridad de su cargo.

Caifás- Pongo a Yavé por testigo.

Cuando Caifás pronunció el nombre de Dios, todos los sanedritas bajaron la cabeza y cerraron los ojos.

Caifás- Yo te conjuro por el nombre del Bendito a que decla­res si tú eres el Mesías, Hijo de David, Hijo de Dios.

Hubo un profundo silencio. Los ancianos, los sacerdotes, los maestros de la Ley, los fariseos y los saduceos, y hasta los guardias del palacio tenían los ojos fijos en los labios de Jesús.

Jesús- Tú lo has dicho. Lo soy. Y yo también pongo a Yavé por testigo. Él sabe que no miento.

Caifás se llevó las manos al cuello, rojo de ira, como si le faltara la respiración.

Caifás- ¡Blasfemia!(4)

Y se rasgó la túnica de arriba a abajo. Todos los magistrados se levantaron como empujados por un resorte y se oyó un rugido, como un eco a las palabras del sumo sacerdote.

Todos- ¡Blasfemia! ¡Blasfemia!

Y uno tras otro se rasgaron también las túnicas ratificando la acusación de Caifás.

Caifás- ¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Ustedes lo han oído, ilustrísimos! ¿Qué sentencia piden para este hombre?(5)

Todos- ¡La muerte! ¡La muerte!

Los sanedritas vociferaban con los puños en alto. Caifás, con una mueca de satisfacción, mandó hacer silencio.

Caifás- Ilustres, la Ley de Moisés lo dice claramente: «Saca al blasfemo fuera de la ciudad y que la comunidad lo mate a pe­dradas».

Sacerdote- ¿A qué esperamos entonces, excelencia? ¡Este ga­lileo debe ser lapidado ahora mismo!

Todos- ¡Sí, sí, a la gehenna! ¡A la gehenna!

Fue el viejo sacerdote Anás quien se levantó para apaciguar a los magistrados.

Anás- Colegas, por favor, no perdamos la calma, que es la primera virtud de un buen juez. Sí, mi yerno tiene razón. Según nuestra ley, el castigo que este hombre merece es ser apedreado. Pero si el pueblo sospecha de nosotros, se alborotará. ¿No sería más prudente entregar el caso al gobernador Pilato y que Roma lo juzgue?

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