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3. El juicio al que fue sometido Jesús antes de ser sentenciado a muerte fue un teatro. Ni la hora intempestiva ni el día -en la solemnidad de la Pascua- ni el procedimiento de urgencia tenían excusa jurídica válida. Antes de comenzar, la sentencia ya estaba dada. Pero las autoridades quisieron revestirlo todo de legalidad como justificación ante el pueblo y ante los pocos de entre ellos que tenían alguna simpatía por Jesús.

4. La blasfemia era en Israel un pecado gravísimo, que no se reducía a decir groserías contra Dios, tal como actualmente se entiende. La blasfemia comprendía el menosprecio de Dios o de sus representantes, el usurpar los derechos divinos y el trato con pecadores a los que se consideraban malditos por Dios. En el exceso de escrupulosidad de los fariseos, blasfemaba quien pronunciaba el nombre de Dios: Yahveh. La blasfemia de la que se acusó a Jesús para condenarlo a muerte fue la de afirmar que era Hijo de Dios. Pero la afirmación de Jesús ante el tribunal del Sanedrín no fue la revelación de un dogma sobre sí mismo. Se trató de una afirmación mesiánica. «Hijo de Dios» era un título bastante frecuente entonces para designar a alguien cercano a la voluntad de Dios y era también uno de los nombres con los que se designaba al Mesías. Para el Sanedrín, encargado de velar por la pureza de la religión, era blasfemia que un laico tuviera la pretensión de ser el Mesías, el Liberador de Israel. La pena de muerte impuesta en el código sanedrítico por la blasfemia era la lapidación: muerte por apedreamiento fuera de las murallas de la ciudad.

5. Aun bajo la domi­nación romana, el Sanedrín había conservado su derecho a sen­tenciar a muerte, aunque el poder romano tenía que ratificar la condena que dieran las autoridades judías. La competencia para la pena de muerte que podían decretar los sanedritas se limitaba sólo a materia religiosa. Va­rios de los cargos que pesaban contra Jesús -estar endemoniado y obrar curaciones con poderes diabólicos, blasfemar contra Dios, rebelarse contra la Ley y las autoridades religiosas- estaban penados por las leyes del Sanedrín con la muerte por apedreamiento. Por estrangulamiento, según las leyes judías, debían morir los falsos profetas.

6. En tiempos de Jesús, las autoridades religiosas se hablan arrogado el poder de excomulgar a cualquier israelita, separándolo transi­toria o definitivamente de la sinagoga, lugar de reunión religiosa de la comunidad. Era lo que se llamaba el «anatema sinagogal». El hombre o mujer así excomulgado no podía entrar en la sina­goga ni rezar con la comunidad. En dos ocasiones el evangelio de Juan deja constancia que a los simpatizantes de Jesús se les amenazaba con este castigo (Juan 9, 22 y 12, 42). Jesús mismo avisó a sus compañeros que se les tendría por herejes, se les excomulgaría e incluso se les asesinaría, usando como justificación al mismo Dios (Juan 16, 2).

116- EL INTERROGATORIO DEL GOBERNADOR

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