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Era el viernes 14 de Nisán. Un cielo de plomo cubría la ciudad de David y una llovizna, molesta y continua, lo iba mojando todo: las agujas de los palacios, las torres de las murallas, las pequeñas cúpulas encaladas de las casas de los pobres, los mármoles del Templo y las callejas estrechas y escalonadas por donde corrían nerviosamente riachuelos de agua sucia. Cuando los ga­llos anunciaron el nuevo día, triste y gris, Jerusalén se despertó sobresaltada.

Mujer- ¡Vecina, vecina! ¿Ya se enteró? ¡Le echaron mano al profeta de Galilea!

Vecina- ¿A Jesús?

Mujer- ¡Sí! Está preso.

Vecina- Pero, eso no puede ser. ¿Cómo es posible?

Mujer- Pues así como lo oye. Yo le digo, vecina, que en este país todo anda al revés: los buenos en la cárcel y los ladrones en el palacio. ¡Ea, vístase pronto y vamos a ver qué está pasando!

La mala noticia corrió de boca en boca. En pocas horas, toda Jerusalén lo sabía.

Hombre- Han hecho una redada. Barrabás y Dimas están presos. Gestas, preso también. Y ahora me dicen que a Jesús, el nazareno, lo agarraron esta noche por ahí, entre los olivos del monte.

Vecina- Maldita sea, pero, ¿qué quieren los romanos? ¿Encerrarnos a todos?

Hombre- Pues prepárate, compañero. Poncio Pilato los tortu­rará para que canten. Y si cantan, ya sabes tú, ¡media ciudad irá de cabeza a los fosos de la Torre Antonia!

En las calles, gentes de todos los barrios de Jerusalén se fueron juntando para protestar. Nosotros nos acercamos al lugar en donde sabíamos que habían llevado a Jesús.

Juan- No te desesperes, María. Al moreno lo tienen que dejar en libertad. No tienen ninguna prueba contra él.

María- Ay, Juan, no sé, pero tengo tanto miedo...

Santiago- Si le tratan de hacer algo malo, te digo que hasta los gatos afilan las uñas para defenderlo, ya verás.

Juan- Mira, Santiago, ya están saliendo los del Sanedrín. ¡Ven, corre!

Se abrieron las puertas del palacio y comenzaron a salir los ma­gistrados del Tribunal Supremo, muy encopetados, con sus altas tiaras y sus lujosos turbantes. Ya habían cumplido su misión y se dispersaron por las calles del barrio alto. Detrás de todos, apa­reció el sumo sacerdote José Caifás. Iba acompañado de cuatro sanedritas y caminaba con mucha solemnidad. De allí se fue de­recho a la fortaleza romana. A Jesús lo llevaban amarrado y rodeado de guardias, que se abrían paso entre la gente a fuerza de gritos y

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