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resistencia a nuestros guardias y ellos tuvieron lógicamente que defenderse. También se le encontraron muchas armas.

Todos- ¡Mentira, mentira! ¡Eso es mentira! ¡Ese hombre es inocente! ¡Suelten a Jesús!

Soldado- ¡Cállense, perros!

La voz estentórea del centurión romano y las lanzas de los sol­dados que nos amenazaban, nos hicieron callar. Poncio Pilato, desde la ventana, y Caifás desde la explanada siguieron hablando.

Pilato- ¿Y qué hacía este individuo en Getsemaní?

Caifás- Él y unos cuantos galileos conspiraban contra usted, gobernador. Forman un grupo bastante organizado y peligroso. Él es el cabecilla. Comenzó a agitar en el norte y ahora vino a hacer lo mismo en Judea. También instiga al pueblo para que no pague impuestos a Roma. Se burla del César y dice que él se va a coronar como Rey de Israel.

Pilato- Muy bien. Centurión, haga entrar al detenido. Voy a interrogarlo.

Poncio Pilato(1) cerró la ventana y bajó al Enlosado donde celebra­ba los juicios y las audiencias.(2) Era un pequeño patio interior, ro­deado de columnas grises, donde también se acuartelaba la tropa. Como llovía, el Enlosado estaba vacío. Bajo un saliente de pie­dra, que servía de techo, el gobernador tenía un estrado y un si­llón de alto respaldo con la figura del águila romana encima. Pilato atravesó el patio y se sentó. Entretenía sus manos con la fus­ta que usaba para montar a caballo. Después llamó a su lado a un escriba para tomar la declaración del detenido. Dos guardias de escolta hicieron entrar a Jesús y cerraron las puertas tras él. La muchedumbre quedó fuera. Maniatado, con la túnica hecha jirones, Jesús se quedó de pie, bajo la lluvia, entre los dos solda­dos, frente al gobernador. Parecía muy cansado.

Pilato- Nombre, familia y lugar de origen... ¿No has oído? He dicho que de dónde eres y cómo te llamas. ¿Qué te pasa, amiguito? ¿Tanto miedo tienes que se te traba la lengua? ¡Así son ustedes, los judíos, cobardes y fanfarrones! Mucha boca pri­mero y, luego, cuando llega la hora de la verdad, tiemblan como conejos. ¡Habla, te digo! ¿No has oído todas las acusaciones que traen contra ti? ¡Vamos, responde! ¿Qué has hecho?

Jesús- Todos en Jerusalén saben lo que yo he hecho. Pregúntaselo a ellos.

Pilato- ¡Te lo pregunto a ti! Los jefes de tu pueblo te han puesto en mis manos. Si quiero puedo condenarte y, si quiero, puedo dejarte libre.

Jesús- Ni tú me quitas la libertad ni tampoco me la das. No tienes ninguna autoridad sobre mí.

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