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En ese momento, se abrió una de las puertas de hierro que daba al Enlosado. Una mujer romana, alta y vestida con una lujosa túnica de seda azul, apareció en el umbral y le hizo señas al gober­nador. Era su esposa Claudia Prócula.(3)

Claudia-¡Poncio, por favor, ven un momento! Tengo algo que decirte.

Pilato- No me interrumpas, Claudia. Ahora no puedo. Vete.

Claudia- Es muy importante. Te lo ruego.

El gobernador se levantó del sillón y atravesó de prisa el patio para no mojarse.

Pilato- ¿Qué demonios quieres? ¿No ves que estoy ocupado con este maldito judío?

Claudia- Se trata de él precisamente. Poncio, por favor, no fir­mes nada contra ese hombre. Es un enviado de los dioses.

Pilato- Es un charlatán de los infiernos. Y un rebelde contra Roma.

Claudia- Dicen que hace milagros y que el cielo lo protege.

Pilato- Tonterías.

Claudia- Ayer soñé con él. Fue una pesadilla horrible.

Pilato- Lo siento, Claudia. Pero es mi deber condenarlo a la pena máxima. Es culpable de conspiración. Y eso es un delito grave contra el Estado romano.

Claudia- No, Poncio, no lo hagas. Hazme caso, quítatelo de encima.

Pilato- No puedo quitármelo de encima, Claudia. Compréndelo.

Claudia- Sí puedes. ¿No dicen que es galileo? Pues mándaselo a Herodes. Que Herodes haga lo que quiera. Pero no te manches tú las manos con la sangre de ese hombre. Nos traería mala suerte, estoy segura.

Y el gobernador Pilato, que también era supersticioso, dejó sin firmar la tablilla y envió a Jesús al palacio de Herodes Antipas, tetrarca de la provincia de Galilea, que había llegado a Jerusalén para las fiestas. Era cerca de la hora tercia.

Mateo 27,1-2 y 11-14; Marcos 15,1-5, Lucas 23,1-5; Juan 18,28-38.

1. Poncio Pilato fue un hombre cruel y ambicioso. De su gestión como gobernador de Judea (año 26 al 36) han dejado constancia los historiadores. Agripa I le describe como «inflexible, de carácter arbi­trario y despiadado». Filón le acusa de «banalidad, robos, ultrajes, amenazas, acumulación de ejecuciones sin previo juicio, de cruel­dad salvaje e incesante». También ha quedado constancia del pro­fundo desprecio que sentía por el pueblo israelita. Sejano, favorito del emperador Tiberio y padrino en Roma de Pilato, era también un hombre sanguinario y cabecilla del movi­miento antijudío en el

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