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imperio romano. La destitución de Pilato se debió, en el año 36, a la masacre que ordenó contra los samaritanos, acto de barbarie que le costó el puesto. Se cree que Pilato puso fin a su vida suicidándose.

2. El Enlosado («Litóstrotos» en griego, «Gabbatá» en hebreo) era un amplio patio situado en el interior de la Torre Antonia, donde estaban los cuarteles de la guarnición romana responsable del or­den de Jerusalén. Su nombre viene de las grandes losas que cu­brían su superficie, calculada en unos 2 mil 500 metros cuadrados. En el evangelio, en vez de hablarse de la Torre Antonia, se hace referencia al Pretorio como lugar de residencia del gobernador romano Poncio Pilato cuando esta­ba en Jerusalén. Algunas investigaciones sitúan este pretorio no en la Antonia, sino en uno de los palacios que Herodes tenía en la capital y que prestaba a Pilato durante las fiestas.

Des­de hace muchos siglos la tradición ha localizado el Enlosado en el lugar donde estuvo edificada la Torre Antonia. En los sótanos de un convento católico situado en la llamada «vía dolorosa» de Jerusalén se conserva un fragmento del Enlosado. Se trata de losas enormes, desgastadas por el tiempo, con inscripciones de caracte­res romanos grabadas a cuchillo. En los juicios romanos no había fiscal y las acusaciones las presentaban varios individuos –en el caso de Jesús, los sacerdotes-. El juicio era público y era habitual que los espectadores que seguían el juicio expresaran en voz alta sus opiniones.

3. Sólo el evangelio de Mateo menciona las presiones de Claudia Prócula, la mujer de Pilato, para que su marido dejara libre a Jesús (Mateo 27, 19). Reflejan estas presiones el sentimiento religioso del pueblo romano, muy supersticioso y dado a temores sagrados, a la interpretación de los sueños y a los oráculos, sentimientos que contagiaron a Pilato, que también era supersticioso (Juan 19, 8) y que por eso, se lavó las manos después de decidir la sentencia de muerte de Jesús.

117- LIBERTAD PARA LOS PRESOS

Hombre- ¡Eh, comadre Ana! ¡Jasón! Jasón! ¡Todos fue­ra! ¡A la calle, compañeros, a la calle!

La noticia de que Jesús había sido arrestado y de que estaba en manos del odiado gobernador romano Poncio Pilato atravesó muy pronto todos los barrios de Jerusalén. Y los pobres de la capital, los galileos venidos para las fiestas, los hombres y mujeres de nuestro pueblo, que tantas esperanzas habían puesto en Jesús, se lanzaron a las calles para reclamar la libertad de su profeta. No dejaba de llover. El sol, muy pálido, no conseguía abrirse paso en el cielo gris y cerrado de aquel viernes 14 de Nisán.

Hombre- ¡Vecinos, que nadie se quede en casa! ¡Todos a la calle! ¡No pueden quitarnos a Jesús!

Mujer- Pero, ¿a dónde hay que ir, Samuel?

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