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Hombre- ¡Suelten al profeta de Galilea!

Mujer- ¡Libertad para el Mesías de Israel!

Magdalena- Doña María, ¿ve usted cómo no se atreven a hacernos nada?

La bulla crecía como una marejada incontenible. Enardecidos, con las túnicas chorreando agua y los ojos fijos en las puertas del pa­lacio, no nos dimos cuenta de que la tropa romana nos tenía rodeados.

Hombre- ¡Jesús es nuestro! ¡Déjenlo libre!

Mujer- ¡Eh, tú, mira para allá! ¡Hay guardias por las cua­tro esquinas!

Hombre- ¡Pues por mí que los haya! ¡De aquí no nos moverán!

Estábamos acorralados. Pero siendo tantos, nos sentíamos fuertes. Nos apiñamos unos contra otros y seguimos gritando.

Mujer- ¡Libertad para los presos! ¡Dejen libre al profeta!

Hombre- ¡Presos a la calle! ¡Presos a la calle!

Los soldados no tardaron en desenvainar sus cortas y relucientes espadas. Las gotas de lluvia repiqueteaban sobre el metal de sus cascos.

Centurión- ¡Disuélvanse enseguida! ¡Orden de Poncio Pilato! ¿No lo han oído? ¡Lárguense de aquí por orden del gobernador!

Nadie se movió. La esperanza de conseguir la libertad de Jesús nos clavó aún más sobre las piedras de la explanada que rodeaba el palacio. Entonces, los soldados levantaron amenazantes las espadas y apretaron contra el cuerpo los escudos.

Centurión- ¡Es Roma quien lo manda! ¡Disuélvanse o los disolveremos, malditos!

Hombre- ¡Aquí no se disuelve nadie hasta que no suelten a Jesús!

Mujer- ¡Aunque lo mande el mismísimo César!

Hombre- ¡Abajo Roma y abajo Poncio Pilato!

Los gritos de aquellos galileos desataron la furia de los soldados que cayeron sobre nosotros a una orden del centurión. La con­fusión fue espantosa. Muy pronto rodaron por el suelo algunas mujeres de las que estaban en primera fila. La gente corría aterrorizada, resbalando en la plaza y esquivando las espadas romanas. Los más atrevidos sacaron cuchillos de debajo de las túnicas y se enzarzaron con los soldados cuerpo a cuerpo. Pero las armas eran muy desiguales. Corriendo y tropezando tuvimos que dispersarnos por las empinadas calles que llevaban al muro de los asmoneos.

Mujer-¡Sara, el muchachito, que te lo matan!

Hombre-¡Pilato, asesino, algún día te disolverán a ti!

Magdalena- ¡Santiago! ¡Pedro! ¡Esperen! ¡Corra, doña María, corra!

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