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Santiago- ¡Juan, no te quedes atrás, huye! ¡Felipe, Andrés!

Para no alborotar más al pueblo, los soldados tenían órdenes de que no hubiera muertos, y herían por las piernas. Desesperados, con miedo, corrimos a refugiarnos de nuevo en los callejones del barrio de Ofel, a donde los guardias no llegaron ya. A los heri­dos los escondieron en las casas cercanas. En unos momentos la revuelta había terminado. Y, desde aquella hora, Pilato mandó redoblar la vigilancia en los puntos claves de la ciudad.

Herodes- ¡Ve y dile al gobernador Pilato que Herodes, el tetrarca de Galilea y de Perea, le devuelve a su prisionero y que ratifica todo lo que él decida sobre este imbécil! ¡Que lo mate! ¡Que lo cuelgue de una cruz y que le saque los ojos! ¡Y que des­pués venga por mi palacio a celebrarlo! ¡Tomaremos el mejor vino de Arabia cuando te estén comiendo los gusanos, óyelo bien, mal­dito nazareno!

Herodías- Espérate, Herodes. No lo despidas así. Que no se vaya como vino. ¿No dicen que es el Mesías rey? Pues que se le note. Ustedes, pónganle ese trapo encima. ¡Que esa chusma que tanto lo quiere lo vea por las calles disfrazado de rey!

Los servidores de Herodes sacaron a Jesús a empujones de la sala y le echaron sobre los hombros un lienzo blanco, de seda vieja y deshilachada que le llegaba hasta el suelo.

Soldado- ¡Salud, rey de Israel!

Soldado- ¡Vengan, señores, vengan y vean al Mesías de los muertos de hambre!

Reían a carcajadas cuando lo entregaron a los soldados romanos que aguardaban a la puerta del palacio con sus lanzas en alto. Nosotros ya no estábamos allí para verle salir. Jesús, con paso can­sado y arrastrando su manto de burla, atravesó de nuevo las calles de Jerusalén en dirección a la Torre Antonia. La sangre de los que habían sido heridos minutos antes por los soldados teñía de rojo los charcos de lluvia de la plaza.

Lucas 23,6-12

1. El palacio de Herodes Antipas sobresalía entre todos los edificios de Jerusalén, cerca de la muralla occidental. A él iba Herodes Antipas durante las fiestas que se celebraban en la capital. El interior del palacio era de un lujo impresionante. Estaba abarrotado de obras de arte y servido por numerosos esclavos. Tenía tres inmensas torres que dominaban la ciudad. La más alta (45 metros) era la de Fasael, dedicada a un hermano de Herodes, otra de 40 metros llevaba el nombre de Hipicus, un amigo del monarca, y la más pequeña y de forma más artística (27 metros), era la de Mariamme, una de las diez esposas de Herodes el Grande, la que llevó en exclusiva el título de «reina» y a quien el propio rey asesinó. Las bases de estas tres grandes torres del palacio de Herodes se conser­van todavía.

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