X hits on this document

917 views

0 shares

0 downloads

0 comments

133 / 310

Pilato- ¿Anjá? Con que tampoco Herodes quiere hacerse cargo de su súbdito...

Centurión- También me ha mandado a decirle que ha recibido un cargamento del mejor vino de Arabia. Y que hoy, al atardecer, vís­pera del gran Sábado, querría probarlo con usted.

Pilato- Vaya, vaya, eso me gusta más.

Centurión- Buen vino y buenas mujeres. Ya usted sabe cómo son las fiestas en el palacio del tetrarca.

Pilato- Claro que lo sé. No hay en todo el país un sinvergüenza mayor que él. ¡Pero hay que reconocer que nadie organiza mejores francachelas! Envía un mensajero y dile a Herodes que seremos muy puntuales en llegar a la fiesta. ¡Y muy impuntuales en salir de ella!

Centurión- Entendido, gobernador.

Pilato- Bien, centurión, puede retirarse.

Centurión- Con perdón, gobernador. Tengo al prisionero abajo. ¿Qué hago con él?

Pilato- Ah, sí, se me estaba olvidando el nazareno. Hazlo hablar. Quiero más datos sobre ese grupo con el que trabaja.

Centurión- ¿Azotes?

Pilato- Azotes y lo que haga falta. Hasta que hable. Averigua qué planes tiene, dónde se reúnen y, sobre todo, quiénes más están en la conspiración. Quiero nombres, ¿entiendes? Que desembuche quiénes son los otros rebeldes que andan con él y los enlaces que tengan en las provincias.

Centurión- Déjelo de mi cuenta, gobernador.

Pilato- Prepárate. E1 nazareno en un gallito bravo.

Centurión-¡Pues le arrancaremos las plumas para que cante mejor!

Desde el palacio de Herodes, en el barrio alto de Jerusalén, los soldados habían regresado a la Torre Antonia trayendo a Jesús muy custodiado. Sin importarnos los golpes recibidos frente al pa­lacio del rey galileo, volvimos a juntarnos al pie de la fortaleza ro­mana, pidiendo a gritos la libertad de Jesús y de los que habían sido también detenidos durante aquellos días de fiesta.

Hombre- ¡Suelten a Jesús! ¡Ese hombre es inocente!

Mujer- ¡Libertad para Jesús! ¡Libertad para los presos!

Aquel viernes, a pesar de la lluvia, la explanada del Templo re­bosaba de peregrinos que compraban animales y los llevaban a sa­crificar en el atrio de los sacerdotes. Los corderos, en fila, sin rechistar, eran degollados uno tras otro sobre la piedra del altar que ya estaba empapada en sangre. Pero muchos peregrinos, cuando oyeron el alboroto frente al cuartel romano, dejaron el Templo y se unieron a nosotros para protestar.

Document info
Document views917
Page views917
Page last viewedSun Dec 11 10:46:28 UTC 2016
Pages310
Paragraphs4836
Words127592

Comments