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Todos- ¡Libertad, libertad, libertad!

En medio de aquella algarabía, vimos que el sumo sacerdote José Caifás entraba en la Torre Antonia por el pasadizo particular que comunicaba el Templo con el cuartel romano.

Pilato- ¿Una amnistía? ¿Eso es lo que usted ha venido a sugerirme, excelencia? ¡Más bien había pensado en ahorcarlos a to­dos para que les sirva de escarmiento!

Caifás- Lo uno no quita lo otro, gobernador. Nuestros sabios di­cen: "Con una mano se corrige, con la otra se echa aceite".

Pilato- Me admira su sensatez, ilustre Caifás. Acabaré nombrándole consejero de Estado. Hable, hable, le escucho.

Caifás- El pueblo pide libertad para los presos, gobernador. Muy bien. Conceda algún indulto. Así se tranquilizarán. Y levante tam­bién algunas cruces. Así escarmentarán.

Pilato- ¿A qué preso quiere usted dejar en libertad?

Caifás- ¿Y por qué no permite que sea el mismo pueblo quien elija?

Pilato- Si les doy a escoger, pedirán al nazareno, estoy seguro.

Caifás- A no ser que mis hombres se ocupen del asunto. Deje eso en mis manos, gobernador. Pedirán, por ejemplo... a Barrabás. Sí, eso, suelte a Barrabás. ¿Le parece bien?

Pilato- No. Barrabás es un elemento peligroso. ¡Y ya bastante trabajo nos dio enjaularlo!

Caifás- Se abrirá la jaula, pero el pájaro tendrá las alas recortadas. No podrá volar muy lejos.

Pilato- Entiendo, entiendo, excelencia. Y no es mala idea. Por cierto, ¿vendrá esta noche a probar el vino árabe del tetrarca Herodes?

Caifás- Sí, claro que sí. Espero que para entonces se haya resuelto el caso del nazareno. ¿Ya habrá sido condenado a muerte, verdad?

Pilato- Antes quiero tirarle un poco de la lengua para saber quiénes colaboran con él y los que están en la conspiración. Lo tengo abajo, en el Infierno. El centurión Aníbal se está ocupando de él.

El centurión llamó a uno de los verdugos y entre los dos empuja­ron a Jesús hacia los fosos de la Torre Antonia. Los soldados ro­manos llamaban a aquel lugar el Infierno.(1) Era un sótano húmedo y oscuro, que olía a sangre y excrementos, donde se torturaba a los detenidos. Sobre los muros de piedra se podían ver las argo­llas, los grilletes, los pinchos para arrancar uñas y vaciar ojos, las cuchillas para castrar. En un rincón, amontonados, los palos de las cruces y los torniquetes. En el centro, el potro para descoyuntar los miembros y

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