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las columnas bajas para flagelar a los de­tenidos.(2) En los días de fiesta, el Infierno estaba lleno. Una hilera de patriotas judíos esperaban turno para ser azotados y torturados. Mu­chos zelotes y jóvenes simpatizantes del movimiento habían muer­to en aquella mazmorra después de los treinta y nueve latigazos.

Centurión- A ver tú, amiguito, a ver cuántos aguantas.

Llevaron a Jesús hasta una de aquellas columnas truncadas que servían para el tormento de los azotes. La piedra estaba empapada en la sangre de los que habían pasado antes.

Centurión- Vas a hablar, ¿sí o no? Quiero los nombres de los que conspiran contigo.

Jesús- No voy a decir nada.

Centurión- Entonces vamos a aflojarte un poco la lengua. Vamos, la túnica fuera. Amárralo.

El verdugo dejó a Jesús casi desnudo y lo empujó sobre la columna. Le amarró las manos y los pies en una argolla clavada en la base, de manera que todo el cuerpo, con la cabeza hacia abajo, quedaba formando un arco sobre la piedra. Después, descolgó el flagelo de la pared. Era un látigo con 8 correas de cuero, cada una terminada en una bolita de hierro del tamaño de una almen­dra. Las bolitas tenían pequeños ganchos para desgarrar la carne de la espalda.

Centurión- ¡Habla! ¿Dónde están ésos que vinieron de Galilea para agitar durante la fiesta? ¿Quiénes te apoyan aquí en la capital? ¡Habla, desgraciado!

El verdugo apretó el mango de madera y se puso a balancear las correas esperando la orden del centurión.

Centurión- Comienza.

Levantó el látigo en el aire y lo descargó con violencia sobre la espalda desnuda de Jesús.

Centurión- ¿Ya te acuerdas cómo se llaman? ¿Todavía no? ¿Para quién trabajas tú? ¿Quién te paga? ¡Vamos, habla! ¡Que hables te digo!

La sangre comenzó a correr por su espalda. Las bolitas de hierro se agarraban en la carne arrancando tiras de piel y rompiendo los músculos.

Centurión- ¡Confiesa! ¿Quiénes están contigo? ¿Dónde se esconden tus compañeros?

El brazo del verdugo iba y venía descargando el flagelo sobre el cuerpo doblado de Jesús. El centurión, frente a él, lo agarró por los pelos de la cabeza y le alzó la cara.

Centurión- ¡Perro judío, habla! ¡Que hables te digo! ¿Quiénes son los demás? ¿Dónde se reúnen? Vamos, ¡ahora dale por las piernas!

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