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El verdugo se colocó de lado y restalló el látigo sobre el dorso de los muslos, sobre las pantorrillas, sobre los tendones de los pies. El cuerpo de Jesús, arqueado, se derrumbó sobre la colum­na comenzando a ahogarse.

Centurión- ¡Confiesa! ¿Quiénes más están contigo? ¡Maldi­ta sea, pégale más duro, hasta que hable!

El gobernador romano bajó al Enlosado y mandó abrir los portones que daban al patio, para que todos los que nos apretujábamos frente a la fortaleza pudiéramos oírle. Entonces nos dimos cuen­ta de que en las primeras filas se había colado un grupo de fami­liares y sirvientes de los sacerdotes del Templo y de los magistra­dos del Sanedrín. Poncio Pilato, sentado en el sillón del tribu­nal, mandó hacer silencio.

Pilato- Ciudadanos, estamos en fiestas. Roma es magnánima y escucha la voz del pueblo. Ustedes piden libertad para los presos. Pues bien, ¡la tendrán!

Cuando el gobernador dijo aquello, todos nos miramos aliviados. María, la madre de Jesús, que estaba a mi lado, sonrió como aton­tada, como si no acabara de creerse lo que había oído. Poncio Pilato, muy afeitado y envuelto en su toga color púrpura, con­tinuó hablando...

Pilato- Doy amnistía para un preso, el que ustedes mismos elijan. Ya lo han oído: ¿a quién quieren que suelte?

Varios- ¡A Barrabás! ¡A Barrabás!

Pueblo- ¡A Jesús! ¡A Jesús!

Todo fue muy rápido y muy confuso. Los de las primeras filas chi­llaban frenéticamente pidiendo a Barrabás.(3) Nosotros, detrás, la in­mensa mayoría, pedíamos a gritos a Jesús. El gobernador levan­tó las manos ordenando silencio.

Pilato- ¡Cállense! No puedo oír con tanto alboroto. Uste­des, soldados, ¡controlen a la chusma! Repito: ¿a quién quieren que suelte?

Los soldados nos empujaban a nosotros hacia atrás con sus escudos y nos amenazaban, mientras una barra de sacerdotes y ma­gistrados gritaba protegida por la tropa romana.

Pilato- Muy bien. Si el pueblo pide a Barrabás, Barrabás queda en libertad.

Dos soldados subieron al dirigente zelote desde la mazmorra y lo soltaron en medio de la multitud. Barrabás se frotó las muñe­cas despellejadas y, sin detenerse a hablar con nadie, se escabulló por entre las calles del barrio de Efraín, Detrás de él, disimuladamente iban algunos guardias que tenían por misión detenerle cuando pasaran las fiestas. Mientras tanto, en el Infierno…

Centurión- ¿Quiénes trabajan contigo? ¿Cómo se llaman?

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