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Las correas del flagelo salpicaban de sangre las paredes de la cel­da. Las pequeñas bolas de hierro se hundían cada vez más en los tejidos machacados, incrustándose entre las costillas. La espalda de Jesús era un amasijo de carne sanguinolenta.

Centurión- ¡Habla, maldito! ¡Te digo que hables!

Verdugo- Este hombre no puede hablar, centurión. Está casi muerto.

Centurión- ¿Cuántos le has dado?

Verdugo- Ya van cerca de los treinta y nueve.

Centurión- Complétalos, entonces.

Verdugo- ¿Y si se nos muere?

Centurión- Bah, para lo que sirve ya. Por última vez: ¡confiesa! ¡Dime los nombres de tus compañeros!

Pero Jesús no dijo nada. Cuando el centurión le levantó la cara, tenía los ojos en blanco. Se había desmayado.

Centurión- Desata esta piltrafa y tírala en cualquier rincón. ¡Mal­dita sea con estos tipos, no se les saca una palabra! Parecen mudos.

Tan destrozado quedó que no parecía un hombre.

Fue azotado, herido, humillado, pero no abrió la boca.

Fue maltratado por gente sin piedad,

molido a golpes por los injustos,

pero él soportó el dolor por nosotros.

Como un cordero llevado a degüello sin rechistar,

como una oveja muda ante los que le trasquilan el lomo,

tampoco él abrió la boca ni dijo una palabra.

Mateo 27,26; Marcos 15,15; Juan 19,1.

1. En el Credo cristiano aparece esta fórmula sobre la pasión de Jesús: «Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos». Bajar a los infiernos es una expresión que significa que Jesús murió realmente, que como todos los seres humanos se hundió en la limitación y angustia de la muerte. «Los infiernos» en el lenguaje tradicional de Israel era el «sheol», el abismo a donde iban a parar todos los humanos, tanto los buenos como los malos, al término de su vida. Era un lugar de silencio, de tristeza, donde no existía ninguna esperanza. «El infierno» fue también la cámara de torturas de la Torre Antonia. Jesús bajó también a este infierno antes de descender al infierno de la muerte.

2. Las leyes judías permitían flagelar a los acusados. Para esta tortura se usaban varas y en los tiempos de Jesús era habitual azo­tar en la misma sinagoga. Todos los doctores y magistrados tenían autorización para decretar esta pena. La violación, la calumnia, la

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