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transgresión de la Ley, eran motivo suficiente para sufrirla. Poste­riormente, las varas se sustituyeron por un azote de tres correas. Los golpes no podían pasar de 40 y por esto, se daban ordinariamente 39. La tradición indicaba que debía azotarse 13 veces sobre el pecho desnudo y otras 13 veces sobre cada lado de la espalda. Los romanos emplearon aún más esta tortura. La utilizaban por varios motivos: para castigar la rebeldía de los esclavos, por faltas graves cometidas por los soldados en servicio militar, como tormento para arrancar confesiones a sus prisioneros y como preludio del tormento de la cruz.

Entre los romanos se usaban tres tipos de flagelos. Uno llevaba tres cuerdas en las que se ensartaban pedacitos de hueso. Los otros dos tenían las cuerdas anudadas de tramo en tramo y de ellas colgaban en los extremos bolitas de plomo. Uno de estos flagelos, el de correas más numerosas y largas, fue el que se empleó con Jesús. Aunque los golpes eran sólo 39, esta tortura causaba con mucha frecuencia la muerte. En la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén se conserva una columna de las que se usaban en tiempos de Jesús para azotar a los prisioneros, similar a aquella en la que Jesús fue torturado. Es de piedra negra, gruesa y baja, con argollas a las que se amarraba el cuerpo desnudo y arqueado del prisionero.

3. Durante el proceso de condena a muerte de Jesús no fue el pueblo quien sugirió ni pidió la liberación de Barrabás, dirigente zelote a quien las autoridades buscaban por su participación en revueltas populares violentas. Queda bien claro en los evangelios que quienes pidieron a Barrabás fueron los sacerdotes y su camarilla (Marcos 15, 11; Juan 19, 6).

119- UNA CORONA DE ESPINAS

Centurión- Gobernador Pilato, le hemos dado al nazareno los treinta y nueve azotes que manda la ley.

Pilato- ¿Y qué han sacado en limpio?

Centurión- Nada. Ni una palabra. Es como ordeñar una piedra.

Pilato- ¡Judío había de ser! ¡Raza de mulas tercas! Estoy harto de esta gente y de todos sus líos, ¡maldita sea!

Centurión- Pues la verdad es que a esta mula ya le queda muy poco que resoplar, gobernador. El prisionero está destrozado.

Pilato- Entonces suéltalo ya. Y que Caifás y su pandilla no ven­gan otra vez a fastidiarme.

Centurión- Caifás y su pandilla esperan fuera a su excelencia.

Pilato- ¡Que se los lleve el dios Plutón a los infiernos! ¿Y ¿dónde tienen a ese hombre?

Centurión- ¿Al nazareno?

Pilato- Sí.

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