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Centurión- Está aún en los fosos, gobernador. Con los soldados.(1)

Para matar el aburrimiento de las largas horas sin hacer nada, los soldados romanos solían jugar a los dados en los calabozos húmedos y malolientes de la Torre Antonia.

Soldado- ¡Te toca a ti, Tato!

Tato- ¡Demonios! Aquí cualquiera se queda dormido. ¡Qué calor!

Gordo- Vamos, hombre, ¡tira de una vez!

Soldado- ¡Tres y dos! ¡Perdiste, Tato! ¡Tú serás el reyecito! ¡Ja, ja!

Gordo- ¡Ea, una venda para los ojos de este granuja!

El juego del reyecito era muy popular en nuestro país.(2) Se pintaba una ruleta en el suelo, con números y dibujos, y sobre ella se echa­ban los dados. El que perdía tenía que hacer de rey y adivinar con los ojos vendados qué compañero le pegaba.

Tato- ¡No me aprietes tanto el pañuelo, caramba, que yo no hago trampas!

Soldado- ¡Ea, compañeros, miren lo que les traigo aquí!

Tato- Déjame ver... ¡Vaya! ¡Cómo ha dejado Celso al profeta judío! ¡Madurito!

Soldado- Como lo tenía que dejar. Es un pájaro de mu­cho cuidado.

Un soldado gordo y fuerte arrastró a Jesús hasta uno de los rin­cones del calabozo y lo dejó allí tirado. Su cuerpo, casi desnudo, se dobló sobre sí mismo, respirando agitadamente. De su espalda, arada por los azotes corrían hilos de sangre que iban formando pequeños charcos sobre el suelo húmedo.

Gordo- Pero, ¿para qué traes a este elemento acá?

Soldado- ¿Tú sabes cómo está el Infierno? ¡Una jaula llena de pájaros como éste! En las fiestas es cuando más trabajo tenemos allí para hacerlos cantar. El tipo estorbaba y me dijeron que lo llevara a otro sitio. ¡Se lo regalo!

Tato- Así que éste es el famoso «profeta»... ¡Ja!

El soldado se inclinó y agarró a Jesús por los pelos para verle la cara.

Tato- ¡Bah! ¡Este «fue» el profeta! Ahora ya no es más que basura. Está rematado. Lo mejor sería echarlo al estercolero para que se lo coman los buitres.

Soldado- Pues, no creas, el tipito es fuerte. Aguantó bien los treinta y nueve latigazos. Esta mañana se quedaron dos a mitad de camino.

Gordo- ¡Agitadores! Merecido se lo tienen. ¡Eso y más! ¡Por meterse donde nadie les llama!

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