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y un lagar edificó

esperando con sus uvas

llenar de vino las cubas

que también se fabricó.

Cuando entramos en la ciudad por la Puerta del Agua, mucha gente reconoció a Jesús y empezó a seguirnos. Por aquellos días, ya el moreno era muy popular en toda Jerusalén.

Jesús- Es bonita esa canción, abuelo.

Citarero- Bonita y antigua, mi hijo. Es siete veces más vieja que yo. Dicen que la cantaba el profeta Isaías aquí mismo, junto al Templo.

Hombre- ¡Ahora Israel ya tiene su profeta y su Mesías!

Mujer- ¡Sí, señor! ¡Que viva Jesús de Nazaret!

Todos- ¡Que viva! ¡Que viva!

Citarero- Pero, ¿es que está por aquí ese gran profeta? ¿Dón­de, dónde?

Pedro- No dé vueltas, viejo. Es este barbudo que tiene usted delante piropeándole la canción.

Citarero- ¿Cómo? ¿Eres tú? Ay, mi hijo, como yo casi ni veo...

Hombre- ¡Que viva el profeta de Galilea!

El griterío de los que nos rodeaban crecía cada vez más. Al poco rato, salieron por uno de los pórticos del Templo, con sus elegantes túnicas y sus tiaras, un grupo de sacerdotes y magistrados del Sanedrín. Desde las gradas se quedaron observándonos. Despreciaban a Jesús, pero también le tenían miedo. Y, más que a él, a toda aquella masa de gente que se apiñaba en orno a nosotros. Jesús los vio enseguida y alzó la voz.

Jesús- Eh, abuelo, ¿por qué no canta más copias de la viña? Aquí tiene mucha gente oyéndole y seguro que conseguirá algún denario.

Citarero- Ay, mi hijo, ya ni me acuerdo cómo siguen. ¿Y tú? A lo mejor tú eres un profeta cantor como Isaías o como nuestro rey David.

Jesús- Qué va, abuelo, yo canto peor que un sapo ronco. Pero me sé la historia sin música. Y me parece que aquellos de allá atrás quieren oírla. Escuchen, resulta que el dueño de esa viña se llamaba Miguel... Miguel quería mucho a su tierra. Y como era buena para uvas, plantó una viña. Limpió bien la finca, la cercó, fabricó junto a ella un lagar y edificó una torre desde la que podía ver todo el terreno.

Miguel- Mira, hijo, mira… ¿Qué te parece? ¿No es la par­cela más bonita de todas?

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