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Soldado- Quítate, hombre, déjame a mí ahora. ¡Toma! ¡Adivina, profeta!

Jesús hubiera caído al suelo si el soldado no lo hubiese aguantado por detrás. Las manos, como dos tenazas, se le clavaban en la es­palda empapada en sangre.

Soldado- No sirves para este juego, amigo: ¡ni cacareas ni po­nes huevos! ¡Ja, ja!

Gordo- Bah, esto está muy aburrido.

Soldado- Déjenlo ya... A éste lo vendrán a buscar pronto. Parece que lo van a soltar. El gobernador no debe querer muchos líos con él. La gente está muy alborotada ahí fuera.

Gordo- ¡Ja! ¡Claro, si dicen que es el Mesías!

Tato- ¡El Mesías! ¡Pues no siempre se tiene a mano un Mesías, caramba! ¡Hay que aprovechar la oportunidad! ¡Ja, ja, ja!

Soldado- Oigan, ¿y por qué no le vestimos de rey? Si es el Mesías... Así, cuando lo suelten, toda esa chusma podrá aclamarlo como se merece.

Tato- ¡Eso mismo! ¡Vaya, ¡yo me encargo de la corona!

Gordo- ¡Pero vuelve pronto, que su Majestad tiene prisa!

Soldado-Mientras ése trae la corona, ¡un manto para el rey, camaradas!

Gordo- ¡Aquello sirve! ¡Trae acá! ¡Ja, ja!

Un soldado joven, con la cara llena de granos, recogió del suelo un trapo rojo, que en su tiempo habría sido el manto de alguno de la tropa y ahora estaba grasiento y lleno de polvo, tirado en un rincón.

Soldado- ¡Eso mismo! ¡Mesías Rey, el pueblo echa sobre tus hombros los cuidados del reino!

Pusieron el trapo rojo sobre las espaldas desgarradas y sangrantes, apretándolo contra las heridas. Jesús aulló, cegado por aquél dolor insoportable.

Soldado- ¡Esto te pasa por meterte a salvador! ¡Déjanos en paz, amiguito! ¡Aquí cada cual salva su propio pellejo!

Gordo- ¡Quítale ya la venda de los ojos! ¡Que él también pue­da ver su realeza!

Tato- ¡Aquí está la corona, camaradas! ¿Qué les parece?

Soldado- ¡Ni ese rey David que estos judíos tanto mientan la tuvo mejor!

Era un casquete de espinos de zarza, casi secos, que el soldado ha­bía arrancado del patio de la guardia. Entre él y otro habían tren­zado de prisa aquel macabro sombrero.

Soldado- ¡Demonios! ¡Esto pincha, caramba! ¡Ja!

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