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Gordo- ¡Ya decía yo que aquí faltaba algo! ¡Los perfumes para ungir al reyecito! ¡Anda tú, vete a buscar los orinales del cuarto pequeño!

Los soldados, entrenados por sus jefes para el escarnio de los pri­sioneros, reían a carcajadas. Uno de ellos vino muy pronto con un cacharro de metal que la tropa usaba en el calabozo para hacer sus necesidades.

Tato- ¡Trae, trae, que lo voy a ungir yo mismo! ¡Que viva el rey de los orines!

Los excrementos y los orines cayeron sobre la cabeza de Jesús, resbalando por el manto rojo y por el pecho. El aire se llenó de un olor nauseabundo.

Gordo- ¡Qué tufo tiene el rey de los judíos, camaradas!

Jesús sentía en todo el cuerpo los latidos violentos de su cabeza atravesada por las espinas. Tenía el rostro bañado en sangre, que iba cayendo lentamente por el pecho desnudo. Aquellas crue­les carcajadas de los soldados le golpeaban en las sienes como pie­dras arrojadas desde un pozo oscuro y sin fondo en el que se hundía, completamente solo. El hedor de los excrementos sobre su cuerpo le resultaba insoportable. Abrió el ojo que le había que­dado sano para mirar a los soldados que continuaban haciéndole burla. Y lloró. Sus lágrimas, más saladas que su sangre, roda­ron hasta las mejillas que estaban en carne viva. Sintió que se iba a desmayar y, con las últimas fuerzas que le quedaban, se de­seó la muerte.

Mateo 27,27-30; Marcos 15,16-20; Juan 19,2-3.

1. La cohorte de soldados romanos de la Torre Antonia, cercana al Templo de Jerusalén, estaba formada por 600 hombres que pertenecían a las tropas auxiliares reclutadas por Roma en las provincias bajo su dominio. Estas tropas eran distin­tas de los legionarios, que participaban en las guerras y estaban compuestas en su totalidad por ciudadanos romanos. En la provincia de Judea, integraban las tropas auxiliares ex­tranjeros de distintas zonas de Palestina. Los que servían en la Antonia eran mayoritariamente sebastenos, de las tierras centra­les de Samaria. Los judíos estaban exentos de prestar servicio militar al invasor.

2. En tiempos de Jesús, eran muy populares los juegos de dados sobre tableros. En las baldosas del Patio Enlosado de la Torre Antonia que se han conservado hay algunas inscripciones de gran interés para entender el juego al que los soldados sometieron a Jesús mien­tras estuvo prisionero. En una de ellas está señalado a cuchillo una especie de tablero con casillas, como un pequeño parchís. Según las investigaciones, este juego consistía básica­mente en ir haciendo avanzar fichas sobre las casillas hasta lle­gar a una meta y tenía al final un premio para el vencedor: hacer de rey y poner pruebas a los perdedores. Se llamaba el juego «del escorpión» o «del reyecito».

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