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Zelote- Pero antes no estaba la ciudad como está ahora. Jerusalén parece un cuartel. Hay más soldados que nunca. Ni cuando lo de la torre de Siloé salieron tantos a la calle. Al que se mueva...

Judas- Frente a la Torre Antonia hay miles de personas gritando. Só1o necesitan armas. ¿Dónde están? ¡Ahora es el momento de hacer algo!

Zelote- Ahora es el momento de estarse quietos, Judas, y espe­rar a que pasen las fiestas.

Judas- Maldita sea, pero ¿no decían ustedes mismos que había que aprovechar esta oportunidad?

Zelote- Sí, es verdad, pero, ya ves, los planes han cambiado. Compañero: hay que ser realistas.

Judas- ¿Realistas? ¡Cobardes! Eso es lo que son ustedes, cobardes y traidores. Ustedes me han traicionado. Yo entregué a mi jefe porque era necesario para levantar al pueblo. ¿Qué hago yo ahora, eh? ¿Qué hago yo ahora?

Zelote- Tranquilízate, Judas. Sí, tú hiciste lo que pudiste. No­sotros también. Pero la política es así, como un juego. A veces se gana, a veces se pierde.

Judas- Ese juego le ha costado la vida a un hombre, ¿me oyes?

Zelote- Créeme que lo siento, compañero. Lo siento de veras. Jesús era un buen tipo, sí, pero ahora... ahora ya no podemos ha­cer nada por él.

Judas- ¡Maldita sea, si ustedes no hacen nada, yo sí que voy a hacer, ahora verás lo que voy a hacer!

Zelote- ¡Espérate, compañero, espérate!

El gobernador Pilato dio un portazo y bajó rápidamente las esca­leras de la fortaleza hasta llegar al patio Enlosado donde una masa de hombres y mujeres gritábamos furiosamente desde hacía un buen rato. También el gobernador estaba encolerizado. Cuando lo vimos entrar, creció el alboroto.

Hombre- ¡Libertad para Jesús! ¡Libertad para los presos!

Juan- ¡Pilato tendrá que dar su brazo a torcer!

Magdalena- ¡Y si no lo tuerce, se le van a reventar las orejas, ca­ramba, porque al moreno tienen que soltarlo! ¡Y tú, María, deja ya de lloriquear y ponte a gritar con todos, vamos!

Juan- No te desesperes, María, que a Jesús no pueden hacerle nada... ¡para eso estamos nosotros aquí!

Cada vez se juntaba más gente frente a los portones de la Torre Antonia. María, la madre de Jesús, y la otra María, la magdalena, estaban conmigo, una a cada lado. Tratamos de avanzar entre aquel mar

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