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de cabezas, pero la camarilla de los sacerdotes y la barrera de los soldados no nos dejaban llegar adelante.

Magdalena- Demonios, ¿cuánto le habrán pagado a estos ba­bosos?

Juan- Déjalos que chillen, magdalena. ¡Nosotros somos mayo­ría!

Hombre- ¡Eh, amigo, andan diciendo que el gobernador ha dado orden de soltar al nazareno!

Magdalena- ¿De veras, paisano?

Hombre- ¡Sí, sí, parece que lo van a sacar fuera!

Magdalena- Ya ves, María, ¿no te lo dijimos? ¡Tanto da la gota de agua en la piedra!

Juan- ¡Mira, mira, ya están abriendo la puerta!

Nosotros no sabíamos aún que Jesús había sido mandado a azo­tar ni torturado. Por eso, cuando se abrió la puerta pequeña que daba a los fosos de la torre, y lo vimos aparecer, todos nos tapa­mos la cara horrorizados. Nunca olvidaré aquel momento. María, a mi lado, se puso lívida y se agarró fuertemente de mi brazo para no caer. No, aquel guiñapo no podía ser Jesús. Lo arrastraban dos soldados, sujetándolo por debajo de los brazos y lo dejaron en medio del patio. Todos callamos ante aquella figura encorvada, con un casquete de espinas en la cabeza y un manto rojo sobre el cuerpo desnudo y empapado en sangre. Jesús, que apenas podía mantenerse en pie, trató de alzar la vista, pero no pudo. Fue Poncio Pilato quien se acercó a él y con la punta de la espada pegada en la barbilla, le levantó la cabeza para que todos pudiéramos reconocer al prisionero.

Pilato- ¡Este es el hombre! ¡Aquí lo tienen, se lo regalo! ¡Hagan con esta piltrafa lo que les dé la gana y no me molesten más!

Entonces empujó brutalmente a Jesús hacia la turba que se agolpaba junto a los portones de hierro. Se levantó un griterío en­sordecedor. Nosotros, los de atrás, intentamos saltar la barrera de los soldados, vociferando y manoteando para abrirnos paso y rescatar a Jesús. Pero no podíamos llegar hasta allí. Enton­ces la barra de las primeras filas, como las fieras cuando huelen la sangre, se abalanzaron sobre él y lo empujaron nuevamente hacia el Enlosado.

Varios- ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Jesús resbaló sobre las piedras mojadas del patio, cayó al suelo, y quedó como un perro apaleado, dejando ver la espalda, un ama­sijo de carne destrozada, donde afloraban algunas costillas.

Varios- ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Como el alboroto crecía, la tropa romana apretó los escudos y le­vantó las lanzas, esperando la orden del gobernador. Mientras tanto, en el barrio de Ofel…

Judas- A Jesús lo matarán, ¡pero antes yo degollaré a una docena de estos canallas!

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