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Poco después de abandonar la barraca del líder zelote, Judas, tem­blando de rabia, salió corriendo hacia el palacio del sumo sacerdo­te Caifás, buscando al comandante de la guardia del Templo.

Comandante- Te esperábamos, lorito. ¿Qué? ¿Vienes a buscar las otras treinta monedas?

Judas- No, vengo a devolver éstas…

Judas arrojó en el suelo los siclos de plata y sacó un cuchillo de debajo de la túnica.

Judas- ¡Y también a matarlos!

Se lanzó contra el comandante de la guardia. Estaba enloquecido y no sabía ni lo que hacía. Después de forcejear unos momentos, el comandante le arrancó el cuchillo y lo sacó a patadas por la puerta.

Comandante- ¡Lárgate de aquí, imbécil! ¿Ahora vienes con remordimientos? El pájaro ya está en la jaula. Lo demás, ¡es problema tuyo!

Los soldados romanos, con las lanzas y los garrotes, lograron con­tener la avalancha de gente que empujábamos desde atrás, luchan­do por entrar al patio Enlosado. Poncio Pilato iba de una punta a otra del tribunal, cada vez más irritado con aquella situación. Los de delante, el grupito comprado por los sacerdotes y los ma­gistrados, se encararon con el gobernador.

Hombre- ¡Ese hombre es un blasfemo, debe morir!

Varios- ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Mujer- ¡Se ha burlado del Templo!

Anciano- ¡Se hace llamar rey de los judíos!

Pilato- Pues si es el rey de ustedes, ¡llévenselo y déjenme en paz!

Mujer- ¡Nuestro rey es el César de Roma! ¡Si sueltas a ése, te puedes buscar un lío con Roma!

Varios- ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Pilato- ¡Basta ya, hijos de perra, basta ya!

El gobernador Pilato dobló con violencia la fusta que tenía entre las manos y miró coléricamente a la turba.

Pilato- ¡Irá a la cruz, sí, irá a la cruz y que los infiernos se lo traguen de una vez a él y a todos ustedes!

En medio de aquella turba de gritos y maldiciones, Poncio Pilato subió al estrado y se sentó en el sillón del tribunal. Sobre el alto respaldo, la figura del águila romana, brillante y dorada, extendía sus alas.

Pilato- ¡Escriba, tráigame inmediatamente la tablilla!

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