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El escriba se la acercó. El gobernador la marcó con el sello de su anillo y se la devolvió. Entonces el escriba le hizo señas al prego­nero y el pregonero, subido en una columnata de piedra, leyó en voz alta la sentencia.

Pregonero- «El gobernador de Judea, representante en esta provincia del emperador Tiberio, condena a muerte a este rebelde lla­mado Jesús, por grave delito de conspiración contra la autoridad romana. Lo firmo yo, Poncio Pilato, en esta ciudad de Jerusalén, hoy, viernes 14 del mes de Nisán».

Cuando iba corriendo hacia la Torre Antonia, Judas, el de Kariot, se enteró de la sentencia. También le dijeron que a Jesús lo habían destrozado con los azotes. Sintió que la tierra se abría bajo sus pies. No se atrevió a llegar hasta la fortaleza. Echó a correr por las calles mojadas y salió fuera de la ciudad. Cruzó el puen­te del Cedrón, llegó jadeando al huerto donde unas horas antes había visto por última vez a Jesús, donde lo había entregado a los guardias del Templo.

Judas- ¿Por qué todo salió al revés? ¿Por qué? Jesús, compañero, perdóname. Perdóname y déjame a mí ir por delante…

Nadie oyó el llanto de Judas. Nadie estuvo con él cuando se arrancó de la cintura la cuerda con que se ceñía la túnica, se trepó a un olivo, la amarró en una de sus ramas retorcidas y haciendo un nudo se lo pasó por el cuello.

Judas- ¡Dios! ¡Si tú eres Padre, como decía Jesús, tú sabrás comprenderme!

No dijo más. Saltó y se ahorcó.(1) Todavía llevaba atado al cuello el pañuelo amarillo que le había regalado un nieto de los macabeos.

Mientras tanto, en la Torre Antonia...

Claudia- Pero, Poncio, por todos los dioses, ¿qué has hecho?

Pilato- Lo que tenía que hacer. Condenarlo a muerte.

Claudia- Te dije que no te mancharas las manos con la sangre de ese hombre.

Pilato- No me lo digas a mí. Ve y díselo a los que están ahí afue­ra gritando.

Claudia- ¿Has firmado otras sentencias?

Pilato- Sí, dos más. Un tal Gestas, conspirador. Y otro llamado Dimas, también metido en política. Con la del nazareno, han sido tres.

Claudia- No debiste hacer lo del nazareno. Espérate ahí, Poncio, por favor, no te muevas.

Claudia Prócula, la esposa del gobernador romano, fue a buscar de prisa un jarro con agua y un cuenco.

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