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ponerse en marcha el piquete.

Soldado- ¡Tengan su trofeo, malditos! ¡Ustedes se la buscaron, pues a cargar con ella! ¡Arriba los brazos! ¡Vamos, tú!

Entre la nuca y los brazos, como si fuera un yugo, los soldados les amarraron los palos transversales de las cruces a los tres con­denados a muerte.(1)

Soldado- ¡Ahora tú, desgraciado!

Dimas y Gestas eran dos muchachos tan jóvenes como Jesús.(2) Habían estado pocas horas en los calabozos de la fortaleza roma­na y, aunque torturados, no habían pasado por el terrible supli­cio de los azotes.

Soldado- ¡Te toca el turno, nazareno!

Los dos sostuvieron bien el madero, pero Jesús no pudo con él. Se tambaleó. El peso de aquel palo negro, manchado con la sangre de otros crucificados, fue demasiado para él y cayó de bruces sobre las piedras del patio.

Soldado- Pero, ¿de qué pasta está hecho este «profeta»? ¡A ver, levántate! Trae una cuerda, tú.

Entre dos soldados pusieron a Jesús en pie, sin desenyugarle los brazos del madero. El centurión le pasó entonces una gruesa cuerda por la cintura para tirar de él y la amarró a la silla de uno de los caballos.

Soldado- ¡Sooo! ¡Caballoo!

Soldado- ¡Andando! ¡Al Gólgota!

Cuatro soldados, a caballo, chasqueando sus látigos a un lado y a otro, abrían la marcha. Entre ellos, el pregonero, haciendo so­nar una matraca, anunciaba a toda la ciudad el delito de los reos. Detrás, Dimas, Gestas y Jesús, con los palos de las cruces sobre los hombros, custodiados por una doble fila de guardias.

Mujer- ¡Arriba el profeta de Galilea!

Cuando Jesús atravesó el portón del Enlosado y salió a la calle, la gente comenzó a aplaudir y los aplausos crecieron incontenibles entre la multitud. El pueblo, que lo quería y que sólo unos días antes lo había aclamado en el templo, tan cerca de aquella odiada fortaleza romana, trataba de alentarlo y darle fuerzas en su camino a la muerte.

Hombre- ¡Has sido un valiente, nazareno!

Mujer- ¡Que el Señor te sostenga hasta el final y que se apiade de nuestro pueblo!

Juan- ¡Desgracia de país! Todos los que dicen la verdad ter­minan mal!

La tropa que acordonaba a los sentenciados, temerosa de una revuelta, nos empujaba con los escudos. Muchos, resbalando, caían al suelo.

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