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Apretados por una masa incontenible, sin impor­tarnos las armas romanas, echamos a andar detrás de los conde­nados. Cuando el piquete enfiló la calle del mercado, Poncio Pilato, que lo había presenciado todo desde uno de los balcones, cerró con desgana la ventana del pretorio.

Pilato- ¡Uff! ¡Por fin!

Soldado- Gobernador, ahí fuera hay un grupo de magistrados que desean hablar con usted.

Pilato- ¿Y qué es lo que quieren ahora?

Soldado- Es en relación con lo que usted mandó escribir en la tablilla de cargos del prisionero.

Al salir del Enlosado, Jesús, como todos los condenados a muerte, llevaba al cuello una tablilla de madera con la causa de su sentencia.(3) En aquel letrero se podía leer esta frase: «El rey de los judíos», escrita en latín, en griego y en hebreo.

Magistrado- Nos parece de capital importancia aclarar este punto.

Pilato- ¿Qué punto, maldita sea?

Magistrado- No es correcto que su excelencia haya mandado escribir: «El rey de los judíos».

Pilato- ¿Y se puede saber por qué no es correcto?

Magistrado- Todos nosotros creemos que hubiera sido mejor es­cribir: «Este ha dicho: yo soy el rey de los judíos». Usted lo comprenderá, gobernador: ¿cómo va a ser rey ese piojoso? Precisamente su delito es «haberse declarado» rey. ¿Me he explicado, excelencia?

Pilato- Usted se ha explicado muy bien. ¡Pero yo estoy har­to de ese galileo y de todos ustedes! ¡Así que, váyanse al infierno todos! ¡Lo escrito, escrito está, y no pienso cambiar ni una sola letra!

Pregonero- ¡Así terminan todos los que se rebelan contra Roma! ¡Así terminarán sus hijos si siguen conspirando contra el águila imperial!

El pregonero, un hombre bajito y calvo, ahuecaba las manos jun­to a la boca, anunciando a todos el delito de los prisioneros. Su voz gangosa se perdía en el griterío de la multitud agolpada a lo largo del camino que los condenados a muerte tenían que reco­rrer. En una esquina descubrí a Pedro y a Santiago. Me mi­raron con ojos de espanto, derrotados. Más adelante vi tam­bién a otros del grupo, perdidos entre la gente.

Hombre- Ahora sí que se le acabó el cuento a este «Mesías».

Magistrado- ¡Bendito sea Dios que hemos podido cortar por lo sano!

Hombre- Mire la chusma, magistrado. Si esto hubiera seguido así, no sé a dónde hubiéramos ido a parar.

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