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El cortejo había avanzado muy poco trecho cuando Jesús, que iba el último, agotado hasta el extremo, cayó sobre el lodo res­baladizo de la calle.

Mujer- Pero, ¿no les da lástima de ese hombre?

Soldado- ¡En pie, nazareno, que tenemos prisa! ¡Vamos!

Soldado- Este no puede dar un paso más. ¡Está reventado!

Soldado- Ya verás que sí. ¡Toma!

Dos soldados le entraron a puntapiés a Jesús para que se levantara. El que sostenía la cuerda tiró de ella, intentando izarlo. La gente se arremolinó a su alrededor. Entonces nos acercamos un poco más. A través de la túnica hecha jirones, pudimos verle el cuerpo machacado, hecho una llaga.

Soldado- Quítale el leño de encima, a ver si se levanta de una vez.

Soldado- Este hombre está muriéndose...

El centurión mandó quitarle el madero de los hombros. Jesús, en el suelo, jadeaba ahogándose.

Soldado- Así no va a llegar al Gólgota. Se nos muere en el camino.

Soldado- ¡Nada de eso! ¡A éste hay que colgarlo de la cruz! ¡Son las órdenes! Eh, tú, tú... sí, tú mismo, el grandote ése... ¡Ven acá!

Cireneo- ¿Qué pasa conmigo?

Soldado- Ya puedes ir quitándote el manto.

Cireneo- Pero, si yo no he abierto la boca. Yo no he hecho nada.

Soldado-¡Lo vas a hacer ahora, imbécil! ¡Vamos, a cargar con este palo! Esta piltrafa tiene que llegar viva allá afuera.

Cireneo- Oiga usted, soldado, yo vengo de arar mi campo. ¡Le juro que en mi vida me he metido en política!

Soldado- ¡Al diablo con este tipo! ¡Guardias, tráiganlo acá!

Simón, un campesino ancho y fuerte de la región de Cirene, con la piel curtida por el sol, quiso escabullirse entre la gente, pero dos soldados lo agarraron enseguida y lo trajeron a empujones.(4) El centurión lo obligó a cargar con el leño que Jesús había llevado hasta allí.

Cireneo- ¡Maldita sea! ¿Pero que habré hecho yo para que me metan en esto?

El piquete de ejecución siguió su camino bajo la lluvia. Simón, con el palo de la cruz a cuestas, iba detrás de Jesús, que andaba casi arrastrándose. Sus pies, descalzos y heridos, resbala­ban continuamente en la calle mojada. Al llegar al barrio de Efraín, ya cerca de las murallas de la ciudad, en la esquina que llaman de la Higuera, vimos a un grupo de mujeres de la Co­fradía de la

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