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Misericordia, con sus mantos negros empapados en agua, llorando y dándose fuertes golpes de pecho.(5)

Mujeres- ¡Ten compasión de ellos, Dios de Israel! ¡Ten pie­dad de los reos! ¡No te acuerdes de sus muchos pecados!

El piquete se detuvo. Era la costumbre. Aquellas mujeres, de las clases más ricas de la capital, salían a la calle, por caridad, a llo­rar por los condenados con grandes gritos y lamentos. Jesús alzó la cabeza. Con sus ojos hundidos, cubiertos de sangre, intentó mirarlas...

Mujeres- ¡No te acuerdes de sus pecados, Dios de Israel! ¡Per­dona sus rebeldías!

Jesús- ¡Mejor sería que lloraran por ustedes mismas y por sus maridos, que son los culpables de que esto pase! ¡Y prepárense, señoras, que si así le han hecho a los árboles verdes, a los que son árboles secos les pasará mil veces peor!

Soldado- ¡Cállate la boca! ¡Mira con lo que sale éste ahora! ¡Vamos! ¡Caminen, caminen! ¡En marcha!

Cuando llegamos a la Puerta de Efraín, la multitud se apretujó para poder salir de la ciudad detrás de los condenados.(6) Pero los soldados se metieron por medio y con sus lanzas atravesadas no nos dejaban pasar.

Soldado- ¡Por aquí no se puede! ¡Está prohibido! ¡Ordenes del gobernador!

Soldado- ¡Dense la vuelta y lárguense a sus casas! ¡Se acabó la fiesta!

Pero la gente empujó con fuerza y en el primer momento los soldados, desconcertados, tuvieron que apartarse. La magdalena, María y yo, logramos atravesar el cerco y pasar al otro lado de la muralla con un puñado de hombres y mujeres. María echó a correr hacia Jesús, que había caído nuevamente al suelo. Se inclinó y trató de levantarlo.

María- Jesús, hijo...

Soldado- Déjalo, mujer, no puedes acercarte.

María- Soy su madre. Jesús…

Jesús, haciendo un gran esfuerzo, se irguió lentamente para mi­rar a su madre. Luego se desplomó sin fuerzas sobre la tierra mojada. Dos soldados apartaron a María de un empujón. En la cima pelada del Gólgota, sólo cubierta de hierbajos secos, ya estaban levantados los palos de las cruces.

Mateo 27,31-32; Marcos 15,20-21; Lucas 23,26-32; Juan 19,17.

1. Era costumbre de los romanos que el reo que iba a ser ajusticiado lle­vara hasta el lugar del suplicio no la cruz entera, como suele aparecer en las imágenes, sino sólo el palo transversal, al que se llamaba «patibulum». Este leño, a menudo de madera de olivo, era

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