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5. Las damas de Jerusalén formaban una especie de cofradía benéfica. Además de dar limosna, tenían la obligación de rezar por la conversión de los condenados a muerte y de llevarles al patíbulo vino mezclado con incienso, que actuaba como narcótico, para atenuar sus dolores.

6. El camino que Jesús recorrió hasta el Calvario, el viacrucis, iba desde la salida de la Torre Antonia, al lado del Templo y, atravesando la ciudad por los barrios del norte, llegaba hasta la Puerta de Efraín, por la que se salía fuera de las murallas, don­de estaba la colina del Gólgota. Actualmente, una larga y retorcida calle de Jerusalén, empinada como todas las de la vieja ciudad, lleva el nombre de Vía Dolorosa. Termina en la Basílica del Santo Sepulcro. Re­sulta difícil asegurar que el trazado de esta calle corresponda al recorrido exacto que hizo Jesús hace dos mil años. A lo largo de la Vía Dolorosa, distintas iglesias y lugares recuerdan las 14 estaciones que la tradición, desde hace siglos, fijó como pasos en el camino de Jesús a la cruz. Algunas de estas estaciones tienen base en los textos del evangelio y otras -la Verónica, el encuen­tro con María y las tres caídas- tienen su origen en la tradición cristiana.

122- HASTA LA MUERTE DE CRUZ

A pesar de la prohibición del gobernador Poncio Pilato, una avalancha de gente logró atravesar la Puerta de Efraín detrás del piquete de soldados. Allí, entre el camino que va a Jaffa y la muralla de la ciudad, estaba el Gólgota, una colina redonda y pelada como una calavera.(1) En ella, en vez de árboles, había sembrados postes de madera, muchos palos negros donde habían agonizado centenares de hombres en el tormento de la cruz.(2) El aire olía a podrido. La llovizna no cesaba de caer y nos hacía resbalar sobre los hierbajos y las piedras ensangrentadas de aquel macabro lugar.

Centurión- ¡Todos fuera! ¡Que nadie se acerque! ¡Orden del gobernador! ¡Atrás, atrás todos! ¡So­lamente los condenados a muerte!

Los soldados nos empujaron y formaron un cordón con las lan­zas atravesadas para que nadie se acercara a los prisioneros. El centurión, a caballo, les hizo señas a los verdugos.

Centurión- Eh, ¿a qué esperan? Desnúdenlos. La ropa será para ustedes, cuando hayan terminado. ¡Vamos, de prisa!

Los crucificadores le echaron mano a Jesús y a los otros dos jóvenes zelotes que iban a ser ajusticiados con él. Les quitaron la túnica y el calzón. Los tres quedaron completamente desnudos, solamente con la tablilla de cargos colgada al cuello, frente a la multitud que se agolpaba en la ladera del Gólgota. Jesús tenía el cuerpo destrozado por los azotes y las torturas y apenas se sostenía en pie. Temblaba de fiebre.

Centurión- ¡Silencio! ¡He dicho silencio!

El centurión nos miró a todos con un gesto de desprecio.

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