X hits on this document

985 views

0 shares

0 downloads

0 comments

157 / 310

Centurión- Vecinos de Jerusalén, forasteros de otras provin­cias: estos hombres que ustedes tienen delante se atrevieron a desafiar el poder de Roma. Pero nadie escapa a las garras del águila imperial. Mírenlos ahora: desnudos y avergonzados. Lean sus delitos: conspirador, agitador del pueblo, rey de los judíos. Escarmienten todos: así acaban los que se rebelan contra Roma, ¡porque el imperio del César es inmortal! ¡Viva el César de Roma! ¡He dicho que viva el César de Roma!

Pero nadie contestó. Solamente apretamos los puños con rabia. Bajo la lluvia obstinada, estábamos allí los de siempre: los pobres de Israel, los campesinos galileos, los que vivían en las barracas de Jerusalén, los que tantas esperanzas habían puesto en Jesús.

Hombre- No llore, paisano. Que ellos no nos vean llorar. No le dé usted ese gusto a los verdugos ni esa pena a los que van a morir.

El cordón de soldados se abrió para darle paso a un sacerdote del Templo que, como era costumbre, invitaba a los condenados a muerte a arrepentirse de sus pecados antes del último suplicio.

Sacerdote- ¡Pidan el perdón de Dios, rebeldes!(3) ¡Acaso e1 Señor tenga misericordia de sus almas! Tú, el que te hiciste llamar profeta y Mesías, reconoce tu culpa antes de morir. Vamos, di: «Señor perdona mis muchos pecados». Dilo.

Jesús- Señor... perdónalos a ellos... porque no saben lo que hacen.

Sacerdote- ¡Charlatán hasta el final!

El sacerdote, alzando los hombros con indiferencia, se puso a un lado. Mientras tanto, un guardia ofreció a los tres sentenciados un poco de vino mezclado con mirra para que soportaran mejor el dolor. Pero Jesús no quiso beberlo. Entonces el centurión indicó los tres palos donde iban a ser colgados los prisioneros y dio la orden para comenzar la ejecución.

Centurión- ¡Clávenlos!

Cuatro soldados se ocupaban de cada reo. A Jesús lo tumbaron sobre el madero áspero y mojado. La espalda, en carne viva, se contrajo. Lo agarraron fuerte, estirándole el cuerpo. Un sol­dado se sentó sobre el brazo derecho de Jesús para que no res­balara y agarró el primer clavo, grande y mohoso.

Soldado- ¡Aguanta, muchacho, muérdete la lengua y aguanta!

Puso el clavo entre los huesos de las muñecas, levantó el mazo y descargó el primer golpe, seco y bárbaro. Un gemido profun­do se escapó de la boca de Jesús, un aullido salvaje que parecía salir de las entrañas de la tierra y no de las de un hombre. La sangre comenzó a manar a borbotones. Los dedos de la mano se agarrotaron, todos los músculos del cuerpo se crisparon por el dolor espantoso. Pero el soldado continuó clavando como si nada hasta que el hueso estuvo bien sujeto a la madera.

Document info
Document views985
Page views985
Page last viewedTue Jan 17 19:54:26 UTC 2017
Pages310
Paragraphs4836
Words127592

Comments