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Corrió de boca en boca lo que Jesús había dicho. Y todos, con los restos de esperanza que aún nos quedaban, levantamos la cara al cielo esperando que se abriera de un momento a otro, esperando contra toda esperanza que el Dios de Israel, hiciera algo para impedir aquella injusticia. Pero el cielo lluvioso seguía cerrado so­bre nuestras cabezas como una inmensa losa de sepulcro.

María- Juan, por favor, diles a esos soldados que nos dejen pasar. Quiero estar junto a él.

Juan- Ven, María, vamos.

Mientras nosotros tratamos de acercamos al cordón de soldados que cerraba el paso hacia las cruces, el grupo de familiares y sirvientes de los sacerdotes y magistrados del Sanedrín, los mismos que habían chillado en la Torre Antonia pidiendo la condena de Jesús, llegaron al Gólgota.

Hombre- ¡Mírenlo ahí! ¿Así que hoy llega el Reino de Dios? ¿Y ése es el rey? ¡Pues vaya trono que se ha buscado!

Viejo- ¿No dicen que curó a tanta gente? ¡Anda, médico, cúrate ahora a ti mismo! ¡Bájate de ahí, vamos!

Se burlaban de Jesús y se reían de nosotros. Uno de ellos tomó una piedra y la arrojó contra la cruz.

Hombre- ¡Toma, por embustero!

Viejo- ¡Profeta de piojosos! ¡Impostor!

Otro tuvo más puntería y le rebotó la piedra en la misma cara de Jesús. La gente, indignada, se agachó a recoger piedras también y enseguida volaron de una parte y otra.

Centurión- ¡Maldita sea, largo de aquí todos! ¡Soldados, di­suelvan el populacho! ¡Fuera de aquí todos, fuera!

El centurión romano, temiendo nuevos disturbios, ordenó desa­lojar la ladera del Gólgota donde nos apretujábamos los amigos y también los enemigos de Jesús.

Soldado- ¡Ya lo oyeron! ¡Todos fuera!

María- Por favor...

Soldado- No se puede pasar, señora. Es una orden.

María- Por favor...

Juan- Ten un poco de lástima, soldado. Es su madre.

María y Susana, y mi madre Salomé, y la magdalena y también Marta y María, las de Betania, llegaron hasta los soldados. Yo también iba con ellas.

Soldado- Bueno, pasen, pero no alboroten. Si no, las saco a patadas.

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