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María, mordiéndose los labios para no llorar, echó a correr hasta el pie de la cruz. Sobre los dos palos Jesús forcejeaba tratando de hallar un alivio imposible. El cuerpo, totalmente crispado, se retorcía de dolor. Pero no podía escapar de allí.

María- Hijo... hijo...

María no pudo contenerse. Se abrazó al palo negro que chorreaba sangre y pegó la frente contra los pies de Jesús destrozados por aquel clavo de hierro. Jesús reconoció aquella voz y, haciendo un enorme esfuerzo, inclinó la cara hacia ella.

María- Hijo... hijo mío...

Jesús miró a su madre. Quiso sonreírle, pero sólo consiguió una mueca.

Jesús- Ma... Mamá…

Luego sentí su mirada vidriosa, casi perdida en la agonía, fijándose sobre mí.

Jesús- Juan... cuida tú... a mi madre... cuídamela.

Juan- Sí, moreno, claro.

No tuve valor para decir nada más. Las mujeres, a mi lado, comenzaron a rezar bajito, pidiéndole a Dios una muerte rápida para ahorrarle sufrimientos.

Mujeres- Ayúdalo, Señor, dale ya el descanso de todas sus fatigas. Dios de los humildes, Dios de pobres, dale ya el descan­so de todas sus fatigas.

Jesús- ¡Dios! ¡Dios!(6) ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué me fallaste? ¿Por qué fracasó todo, por qué?

Se hizo un silencio de muerte. La cara de Jesús estaba amorata­da, las venas del cuello se le hincharon hasta reventar y comenzó a resollar en agonía. Se ahogaba.

Jesús- Agua... agua... tengo sed.(7)

Un soldado tomó un trapo, lo mojó en el vino mezclado con mirra, lo hincó en la punta de su lanza y se lo acercó a los la­bios. Jesús apenas pudo probarlo.

Jesús- Se acabó... todo se acabó.

La última enemiga ya rondaba cerca. Las mujeres, presintiendo el final cercano, comenzaron a arañarse la cara y tirarse de los pelos y golpearse la frente contra la tierra empapada en sangre y agua. Sólo María se aferraba al palo negro de la cruz con la cara pegada a los pies ensangrentados de su hijo.

Jesús levantó la cabeza. Jadeaba. Tenía los ojos abiertos y fijos en un cielo gris y silencioso. No había ninguna señal. Sintió un dolor atroz que le recorría todo el cuerpo. Se revolvió en un último espasmo apretando los dientes. No podía soportar aque­llo ni un

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