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instante más. Colgado entre el cielo y la tierra, reunió las últimas fuerzas que le quedaban...

Jesús-Padre... pongo mi suerte en tus manos... ¡Padre!

Fue un grito desgarrador.(8) Después, inclinó la cabeza. Todo el cuerpo se desplomó pesadamente sobre el madero. Eran como las tres de la tarde del viernes 14 de Nisán.

Mateo 27,33-50; Marcos 15,22-38; Lucas 23,33-46; Juan 19,18-30.

1. El Gólgota -palabra aramea que significa «cráneo»- o Calvario –lugar de la calavera-, era una pequeña colina situada fuera de las murallas de Jerusalén. Era costumbre realizar allí las crucifixiones. Los alrededores del lugar se dedicaban a cementerio. Había varias tumbas particulares -en una de ellas enterraron a Jesús- y otras eran fosas comunes para los cuerpos de los ajusticiados. La Puerta de Efraín, abierta en la parte noroeste de las murallas, daba al Gólgota. Como el lugar era algo elevado, desde la ciudad se podían ver las cruces con los crucificados colgando de ellas. Las ejecuciones eran públicas para que sirvieran como escarmiento a los ciudadanos.

La basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén, es un enorme edificio que abarca el espacio donde estuvo la colina del Gólgota y la sepul­tura de Jesús, muy cercana a ella. En el interior de la basílica, con muchos altares, imágenes y diferentes capillas, se conserva parte de lo que fue la roca del Gólgota. El lugar es de plena autenticidad histórica.

2. La muerte en cruz la usaron los persas, los cartagineses y en menor medida los griegos. La emplearon en gran escala los romanos, que la consideraban el suplicio más cruel y denigrante que existía. La reservaban para los extranjeros y sólo en escasas ocasiones se crucificaba a ciudadanos romanos. Era la pena de muerte que sufrían los esclavos. A los hombres libres se les podía crucificar por delitos de homicidio, robo, traición y, sobre todo, por subversión política. Roma crucificó a millares de judíos durante su dominación en esta rebelde provincia oriental. Era costumbre desnudar a los crucificados para así aumentar su humillación. Siglos de historia, de cultura y arte han hecho del crucificado una joya, un adorno, un mo­tivo decorativo. Pero la cruz no era más que un horrendo patíbulo. Y el crucificado, un maldito (Deuteronomio 21, 23). La muerte en cruz significaba la exclusión de la comunidad de Israel y de la comunidad romana. Jesús fue asesinado fuera de las murallas de Jerusalén, maldito por la ley de su pueblo, expulsado y marginado del sistema del imperio. Las instituciones políticas, religiosas y económicas lo arrojaron fuera de su seno. Es en ese excomulgado en quien creen los cristianos. Ver en Jesús, un guiñapo ensangrentado colgado de un palo, la revelación de Dios resultó un escándalo en la historia de las religiones.

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