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3. La primera de las «siete palabras» de Jesús en la cruz respondió a una costumbre religiosa de Israel. Por en­tender que la muerte tenía un valor de expiación, de perdón, aun a los delincuentes se les exhortaba antes de morir a que pronunciaran el llamado "voto expiatorio" con una fórmu­la que decía: «Que mi muerte sirva de expiación de todos mis pecados», equivalente a decir "Que Dios me perdone". Jesús no dijo esto, reivindicó hasta el último momento su inocencia y pidió a Dios que perdonara a los asesinos, porque ellos eran los que estaban en pecado.

4. En el suelo, se les clavaba a los ajusticiados los brazos al palo transversal de la cruz que ellos mismos habían llevado hasta el lugar del supli­cio. Los clavos se introducían en las muñecas, entre los dos hue­sos del antebrazo. De clavarlos en las palmas de las manos, el cuerpo se desgarraba por falta de sostén. Cuando los brazos estaban clavados, se izaba a los reos con sogas para colocar el palo horizontal sobre el vertical, que estaba ya hundido en la tierra. Se clavaban entonces los pies, introducien­do el clavo entre los huesos del tobillo. El dolor era indescriptible. Finalmente, se clavaba la tablilla de acusaciones en lo alto de la cruz para que fuera leída por todos.

La cruz no era esbelta, como algunas que se ven en las imáge­nes. Era más bien corta. Los pies del ajusticiado quedaban a muy poca distancia del suelo. Entre las piernas tenía el madero una especie de saliente para sostener el cuerpo, que quedaba medio sentado. Se trataba así de evitar que el reo se desplomara, pero no por piedad, sino para prolongar lo más posible su tormento. Muchos crucificados permanecían días enteros agonizando en la cruz a la vista de los curiosos, rodeados de aves de rapiña. Si Jesús murió tan pronto, fue porque estaba ya deshecho por las torturas. La tensa e insoportable posición de todo el cuerpo iba dificultando cada vez más la respiración y la circulación de la sangre. General­mente, la muerte de los crucificados sobrevenía por asfixia.

5. Jesús mantuvo hasta el último momento la esperanza de que Dios iba a intervenir para liberarlo de la muerte. Esperó una irrupción del Reino de Dios, sin admitir que Dios pudiera fallarle. El hoy del que habló a sus compañeros de tormento indica que él esperaba un rescate inminente.

6. La "cuarta palabra" de Jesús en la cruz la conservaron los evangelistas en griego, dando su traducción, para causar así un mayor impacto en el lector. Al final, Jesús se sintió abandonado por Dios, dejó de esperar y experimentó su vida como un fracaso. Por eso dijo: "Elí, Elí lemá sabaktaní". Marcos encabezó esta frase con la forma aramea: "Eloí Eloí". Al final, Jesús no llamó a Dios como lo hacía habitualmente: "papá" (abba). Le llamó Dios. Con las mismas palabras comienza el salmo 22, un impresionante grito de angustia y abandono.

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