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7. Los crucificados sufrían una sed espantosa, uno de los mayores tormentos del su­plicio de la cruz. La continua hemorragia producida por los cla­vos deshidrataba al reo. Cuando Jesús se quejó, le acercaron una droga para aliviar el dolor.

8. Jesús no perdió el conocimiento en la cruz. Aunque extenuado por las tortu­ras, vio llegar la muerte con plena lucidez. Al grito inarticulado y desgarrador que dio al expirar (Marcos 15, 37) el evangelio de Lucas le dio después la forma de una oración confiada: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23, 46; Salmo 31, 6).

123- EN UN SEPULCRO NUEVO

Pilato- Está bien. Diles a esos condenados sacerdotes que pasen, ¡caramba! ¡Ni la siesta le dejan a uno dormir en paz!

Sacerdote- Gobernador Pilato, es casi la hora de nona. Den­tro de muy poco, la estrella de la tarde anunciará que entramos en el Gran Sábado.

Pilato- ¡Ja! ¡Qué estrella ni estrella! Desde que amaneció no para de llover. El cielo está más cerrado que una tumba ¡y us­tedes esperan ver una estrella!

Sacerdote- Tiene razón su excelencia. Aun así, faltan sólo unas horas para el Gran Sábado de la Pascua.

Pilato- Eso ya me lo dijeron. ¿Qué es lo que quieren?

Sacerdote- Se trata de los tres rebeldes crucificados en el Gólgota, gobernador. No pueden seguir ahí cuando haya comenzado la fiesta. La costumbre lo prohibe. Sería una grave impureza.

Pilato- Entonces, ¿dónde quieren que estén?

Sacerdote- En la fosa, excelencia. Bajo tierra. Bien muertos y bien enterrados.

Pilato- No se me ha comunicado aún que hayan muerto.

Sacerdote- No, claro que no, pero, ¿por qué no les ahorra a esos malditos una agonía larga? En fin, ya han purgado todas sus rebeldías.

Jesús había muerto ya, cerca de las tres de la tarde. Dimas y Gestas, los dos rebeldes zelotes que habían sido crucificados con él, se retorcían aún de dolor clavados sobre las cruces. Sus cuerpos, menos torturados que el de Jesús, resistieron por más tiempo el tormento. Cerca de ellos, las madres de los dos revolucionarios aguardaban a la muerte con ojos enrojecidos. Junto al madero donde colgaba el cadáver aún caliente de Jesús, las mujeres y yo, sentados sobre la tierra mojada de la colina, nos apoyábamos unos contra otros y llorábamos.

María- Juan, hijo, ¿qué irán a hacer ahora con Jesús?

Juan- No sé, María, no sé... no sé nada.

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