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Magdalena- Mira, María. como que soy Magdalena, te digo que al moreno no lo van a echar en esa fosa. ¡Lo enterraremos nosotros como a un gran señor!

María- Pero, muchacha, si nosotros aquí no tenemos ni un peda­zo de tierra para una sepultura ni unos denarios para una sába­na decente. No sé lo que vamos a hacer.

La colina del Gólgota estaba sembrada de palos de cruces empapados en sangre. Alrededor, excavadas en las rocas peladas, había varías fosas profundas donde se echaban los cuerpos de los ajusticiados.

Juan- No sé... Quizás si habláramos con ese Nicodemo. Era amigo de Jesús. Lo vimos aquí en Jerusalén antes de lo del Templo. Es un tipo con mucha influencia. Si ese maldito Pilato le diera el cuerpo para enterrarlo en otro lugar…

Magdalena- ¡Sí, Juan, eso, eso! ¡Que no lo echen en la fosa, por Dios!

Pegados a las murallas, sin atreverse a dar un paso para acercarse, estaban Pedro, Andrés y algunos más del grupo. Después de la muerte de Jesús había quedado muy poca gente en los alrededo­res del Gólgota. Faltaban sólo unas horas para que comenzara el Gran Sábado de la Pascua y muchos, cansados, después de un día de lluvia tan largo y tan triste, volvieron a la ciudad a encerrarse en sus casas.

Tulio- Eh, tú, ¿ya han muerto ésos?

Soldado- El nazareno sí. Los otros dos, todavía no. ¡Míralos!

Por la Puerta de Efraín aparecieron tres soldados con garrotes y lanzas. A grandes pasos subieron por las rocas peladas de la colina.

Tulio- Hay que acabar rápido. Ordenes del gobernador. La fies­ta de los judíos empieza cuando el sol se ponga y éstos no pueden quedarse aquí.

Soldado- ¿Qué hacemos?

Tulio- Vamos a partirles las piernas a esos dos para que se mueran de una vez.

Soldado- ¡Bien pensado, caramba! ¡Estoy hasta la coronilla de tanta lluvia y tanta lágrima! ¡Para que después te paguen lo que te pagan!

Tulio- ¡Ea, fuera de ahí, mujeres, sepárense de las cruces!

Mujeres- ¡Asesinos, asesinos!

Tulio- ¡Que se vayan de aquí les digo, vamos!

Dos soldados se acercaron a las cruces donde Dimas y Gestas luchaban con la muerte y alzando unos gruesos garrotes los descargaron una y otra vez con violencia sobre las rodillas y las piernas, machacándoles los huesos.(1)

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