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Nicodemo- Ya sé que ha muerto, ya lo sé. Lo vi desde la muralla. Hace un rato que estoy dando vueltas como un imbécil. ¡Maldita sea! ¿Por qué no conseguimos impedirlo?

Juan- Ahora necesitamos su ayuda, Nicodemo. Se trata del cuerpo de Jesús.

Y Nicodemo, con prisa, buscó a su colega José de Arimatea…

Nicodemo- José, los amigos del nazareno nos necesitan. Tú tienes buena entrada con el gobernador. Conoce mucho a tu mujer, ¿no? Pues ve y dile que te dé el cuerpo para enterrarlo como es debido.

Arimatea- Descuida, Nicodemo, iré a ver a Pilato ahora mismo.

José de Arimatea llegó a la Torre Antonia a la par que los soldados…

Pilato- Pero, ¿cómo? ¿Ya ha muerto ese hombre?

Soldado- Sí, gobernador. Está tan muerto como que yo estoy de pie ahora. Le atravesé el corazón con la lanza.

Pilato- Está bien, puedes irte.

Soldado- A la orden, gobernador.

Pilato- Y tú, José de Arimatea, ¿desde cuándo eres de los que iban detrás de ese profeta loco?

Arimatea- Locos hemos sido los que no supimos defenderlo.

Pilato- ¿Qué? ¿Remordimientos? Bueno, tranquilízate, hom­bre, que no es para tanto. ¿Qué quieres? ¿El cuerpo? Pues quédate con él. Si ése es tu capricho, tienes mi permiso.

Arimatea- Deme la autorización por escrito, gobernador.

Por las calles de Jerusalén no se oía hablar de otra cosa que de lo ocurrido en el Gólgota. A aquellas horas de la tarde, la lluvia comenzaba a amainar y el sol calentaba tímidamente las azoteas de las casas. La gente, con el corazón triste, tratando de sepul­tar todo en el olvido, hacía ya los preparativos de fiesta para el gran descanso sabático.

Nicodemo- ¡No faltaría más! Por dinero no te preocupes, Juan. Ni por el lugar. Ya hablé con mi colega José y pueden enterrarlo en un sepulcro nuevo que tiene él para su familia y está cerca de allí. Anda, vuelve con las mujeres, no las dejes solas. Yo iré enseguida con todo lo que haga falta. Van a cerrar pronto las tiendas y tenemos que darnos prisa.

Cuando regresé a la colina del Gólgota, ya habían desclavado a Jesús y a uno de los zelotes y estaban bajando al otro. El cuerpo de Jesús, con los brazos estirados, conservaba aún la forma de la cruz y descansaba en el suelo, sobre el manto de María, que lo contemplaba en silencio, en cuclillas junto a él. Las mujeres, de pie, lloraban mordiéndose los labios. Mateo y otros más se ha­bían acercado, venciendo el miedo. Ninguno reconocía en aquel rostro completamente

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