X hits on this document

659 views

0 shares

0 downloads

0 comments

167 / 310

desfigurado, cubierto de costras de sangre, los rasgos tan queridos de nuestro compañero.

Pedro- Esto es un mal sueño, Juan, un mal sueño.

Juan- Ven, Pedro, vamos a hablar con los soldados. Tenemos la autorización para enterrarlo aquí cerca.

Mientras Pedro y yo hablábamos con el centurión, mostrándole el permiso, María recostó la cabeza herida de Jesús sobre su regazo y, con el pañuelo empapado por la lluvia, comenzó a limpiarlo...

María- Pareces otro, Jesús. Cómo te han puesto, mi hijo... Ya ves, yo tenía miedo. Cuando te fuiste a Cafarnaum, te lo dije: No te metas en líos, hijo. No me hiciste caso y hasta me arrastraste detrás de ti. Me decías: Mamá, tú siempre fuiste luchadora y valiente. No, hijo, qué va. Tú sí que has sido un valiente. Hasta el final, Jesús, hasta el final... Como tu padre... Si José te hubiera visto... Me parece oírlo: Mujer, que el mu­chacho nos salga bien derecho para que saque siempre la cara por los demás. Eso es lo que tenemos que enseñarle, eso es lo que Dios quiere de él. Lo aprendiste, hijo, lo aprendiste bien. Ahora habrá que volver a Nazaret, a trabajar la tierra, a buscar agua en el pozo, a sacarle más callos a las manos... ¡Comadre María, que ahí viene el moreno a verla! Ya no volverás, hijo… Ya no volverás nunca más. ¿Y qué voy a hacer yo sola sin José y sin ti? ¿Por qué no me hiciste caso, hijo? Jerusalén es mala, no vayas a Jerusalén. Yo tenía mucho miedo, ya ves. Pero estoy orgullosa de ti, de todo lo que has hecho. Le daba vueltas y vueltas en mi corazón a todo lo que decías cuando estabas lejos, en Cafarnaum. Sí, hijo, yo también creo que Dios le rega­la su reino a los pobres, a los que lloran. No puedo, hijo, no puedo... Hijo mío...

Juan- Vamos, María, que se hace tarde.

Sin tiempo para lavar bien el cuerpo de Jesús, lo ungimos apresuradamente con una mezcla de perfumes de mirra y áloe que trajo Nicodemo, según la costumbre que tienen mis paisanos para enterrar a sus muertos.(2) Luego lo envolvimos en una sábana. gran­de y fina que había comprado José de Arimatea. Nadie decía una palabra. Teníamos mucha prisa y mucha tristeza. La lluvia había cesado y un viento fresco ahuecaba nuestras túnicas mojadas. Entre Pedro y yo cargamos el cuerpo de Jesús. Muy cerca de la colina del Gólgota había un huerto y allí tenía José de Arimatea un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado toda­vía.(3) Dentro de aquella cueva profunda, excavada en la roca, colo­camos el cadáver de Jesús. Cerramos la entrada con una piedra redonda y gruesa como una rueda.

Juan- Vámonos, María. Ya empieza el Sábado.

María apoyó durante unos momentos su frente contra aquella losa húmeda. Después buscó mi brazo para no resbalar y se puso en camino. Con ella regresamos a Jerusalén. La tarde se moría sobre las murallas y las trompetas del Templo anunciaban que entrábamos en el descanso

Document info
Document views659
Page views659
Page last viewedSat Dec 03 01:07:44 UTC 2016
Pages310
Paragraphs4836
Words127592

Comments