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del Gran Sábado.(4)

Mateo 27,51-61, Marcos 15,38-47; Lucas 23,47-56; Juan 19,31-42.

1. Algunos crucificados permanecían colgados del madero días enteros, en una agonía inacabable. Las leyes romanas tenían previsto acelerar la muerte fracturando los huesos de las piernas a golpes. El desgarramiento que se producía en todo el cuerpo provocaba la asfixia final. A los zelotes crucificados con Jesús les fue aplicado este brutal método. En el caso de Jesús, no fue necesario romper ningún hueso porque murió muy pronto. La lanza con que el soldado romano le atravesó el corazón buscaba asegurar que estuviera realmente muerto. Como un tiro de gracia.

2. Para los israelitas un entierro digno era la mayor muestra de cariño por el difunto. El de Jesús -por las circunstancias- tuvo que hacerse con los mínimos requisitos tradicionales. Los cadáveres eran lavados, se les ungía con aceite y se les vestía con sus mejores ropas. En tiempos de Jesús, los rabinos habían ordenado vestirlos de blanco. El evangelio dice que el cadáver de Jesús fue ungido con una mezcla de mirra y áloe. La mirra era una resina aromática de mucho valor, que se usaba también para ungir a los esposos el día de su boda, y el áloe, una esencia olorosa sacada de la savia de ciertos árboles de la India. Se empleaba para dar olor a las ropas de cama, vestidos y sudarios. Como mortaja se usaba una sábana o lienzos en forma de bandas, aunque no se sabe con exactitud cómo se colocaban sobre el cuerpo del difunto. Algunos dicen que la cara se cubría con una tela y que se vendaban las manos y los pies.

3. Desde tiempos muy antiguos, Israel enterró a sus muertos en cue­vas naturales para no desperdiciar terreno cultivable. Los pobres de Jerusalén eran enterrados en fosas comunes en el torrente Cedrón. Jesús fue colocado en una tumba privada, en un sepulcro nuevo, comprado por José de Arimatea para su familia y en la que nadie había sido enterrado antes. Aprovechando la excavación natural de la roca, se acondicionaba el lugar en forma de habitación, con una o varias mesas de piedra para colocar los cadáveres. A veces, se excavaban nichos a lo largo de las paredes. En muchos casos –como en la sepultura de Jesús- esta habitación o cámara sepulcral estaba precedida por una antesala o pasillo. Algunas veces, los cadáveres eran introducidos en las cámaras mortuorias en un ataúd, aunque no era lo habitual. La entrada de la tumba se cerraba con una pesada piedra redonda, que giraba como una rueda y a la que se untaba cal como señal de impureza por la presencia de un cadáver.

Después de dos mil años se conserva el banco de piedra donde fue depositado el cadáver de Jesús, en el sitio exacto del jardín cercano al Gólgota donde fue enterrado. Dentro de la Basílica del Santo Sepulcro, en el barrio árabe de Jerusalén, está este lu­gar, trascendental para la fe cristiana. A pesar del abundante de­corado acumulado durante siglos, todavía puede distinguirse per­fectamente la estructura de la cueva: la antesala, el pasillo y la cámara

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