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mortuoria, muy estrecha, donde está la mesa de piedra, recubierta hoy por un mármol blanco. A la entrada, un letrero dice: «No está aquí. Resucitó».

Santa Elena, madre del emperador romano Constantino, ordenó excavar la zona de Jerusalén donde estuvo el Calvario y descubrió su localización exac­ta. Los llamados "Santos Lugares" se convirtieron desde entonces en centro de peregrinación para los cristianos de muchos países cercanos. Esto ocurrió unos 300 años después de la muerte de Jesús. Los "Santos Lugares" también fueron motivo de crueles guerras. Unos mil cien años después de la muerte de Jesús estaban en poder de los musulmanes. Hombres de toda la Europa cristiana se enrolaron en guerras llamadas Cruzadas para re­cuperar los "Santos Lugares". Las Cruzadas duraron, con intervalos, 200 años y tuvieron más motivos económicos y políticos que religiosos. No consiguieron su objetivo de rescatar el Santo Sepulcro. Lo más grave fue que en nombre de la cruz de Jesús se cometieron saqueos y crímenes de todo tipo contra los árabes, que también usaron de enorme violencia contra los cristianos.

4. Jesús murió el viernes de la semana de Pascua, que era para los judíos «día de preparación», ya que al día siguiente, sábado, no se podía trabajar. Era el día de descanso impuesto por la Ley. Por tratarse del Gran Sábado de Pascua, era aún más solemne que los otros sábados del año. El Gran Sábado comenzaba al caer la tarde y aparecer en el cielo las primeras estrellas. Los cadáveres de los ajusticiados eran «impuros» y, según la ley, no debían manchar con su presencia la fiesta de aquel día. Esto explica la urgencia con que terminó la ejecución de Jesús y la prisa con que tuvo que efectuarse su entierro.

124- EL GRAN SÁBADO

Las primeras luces de la mañana, que se colaban por una estrecha ventana, nos desperezaron lentamente. Aquel sábado, al día si­guiente de la muerte de Jesús, era día de descanso y de fiesta grande en Jerusalén y en todo el país. Desde la tarde del día an­terior, los once y las mujeres estábamos escondidos en el sótano de la casa de Marcos, el amigo de Pedro, esperando regresar pron­to a Galilea. Los ojos de todos, cansados por la mala noche y el llanto, se acostumbraron pronto a la penumbra de aquel escon­drijo, donde se guardaban viejas prensas y algunos barriles de aceite.

Pedro- Parece que ya es de día, compañeros...

Juan- ¿Pudiste dormir algo, María?

María- Un poquito sí, pero...

Magdalena- Vamos, recuéstate otro poco y descansas. Susana y Salomé ya han ido a preparar algo caliente. Hay aceitunas y pan. Tú no te muevas.

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