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Santiago- Sí, está bien, pero... por lo menos...

Pedro- ¿Por lo menos, qué? Dilo, dilo de una vez. ¡Mal­dita sea contigo, Santiago! Siempre es lo mismo. ¡Sí, está bien, yo fui un cobarde! ¡Yo dije que no lo conocía! Pero, ¿qué hubieras hecho tú si te ponen una espada y...?

Susana- Por Dios, por Dios, cállense de una vez. ¿También tienen que pelear hoy? ¿Es que ni por respeto a Jesús, que en paz descanse, se pueden ustedes callar?

María, con la mirada perdida más allá de aquellas cuatro sucias paredes, nos oía hablar y seguía llorando, en silencio, inconsolable. Estaba destrozada. Al verla así, todas las lágrimas que había contenido durante el día anterior me vinieron a los ojos.

Felipe- Vamos, Juan, hombre, no llores. Piensa que dentro de unos días estaremos otra vez en el lago, lejos de todo esto.

Juan- Por eso lloro, Felipe, por eso.

Susana- Déjalo, hijo, que se desahogue.

Juan- No puedo creer que vamos a volver a echar las redes, a pescar, a ir a la taberna... y que Jesús... como si nada hubiera pasado... como si todo hubiera sido un sueño.

Felipe- Y lo fue, por mi vida, que lo fue. ¿No me digan que no fue un sueño creer que el Reino de Dios llegaba ya y que nosotros, una partida de muertos de hambre, lo estábamos empujando? Primera y última vez que me agarran a mí para una cosa de éstas.

Susana- La vida es así, es así mismo. Más amarga que una almendra antes de madurar

Tomás- ¿Por qué será qu-que los bu-bu-buenos siempre ter-ter-minan mal?

Andrés- No, esto no terminó, Tomás. No puede terminar. Va a ser difícil que el pueblo olvide al moreno.

Susana- Ay, mi hijo, con el tiempo todo se olvida. El tiempo

se encarga de borrarlo todo.

Pedro- No, Susana, con Jesús no va a ser igual. Él era dis­tinto... un tipo grande, María, tu hijo. El mejor amigo que yo he tenido en mi vida.

Santiago- ¿Te acuerdas, tirapiedras, cuando lo conocimos allá en el Jordán, cuando lo de Juan el bautizador?

Andrés- Claro, Santiago, cómo no...

Felipe- ¿Y tú, Nata? Hicimos el camino con él desde Magdala hasta el río. Era un gran conversador. Siempre haciendo historias y chistes. Por eso la gente lo entendía tan bien. Por todos los ángeles, ¿quién me iba a decir que esto iba a acabar así?

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